Mis pies son deformes. Tan
deformes como si una mano los hubiera estrujado a propósito. No siempre fueron
así, han hecho falta años y disgustos para moldearlos en lo que son ahora. Todos
los pies pasan lo suyo de todos modos ¿no? No es fácil ser pie. Cuando nacemos
son perfectos, prístinos, inútiles como una buena obra de arte ¿Nunca has besado
y hecho cosquillas a los pies de un bebé? Luego las garras de un propósito
banal, la simple necesidad del desplazamiento, los rebajan al sur. Se
convierten en esclavos de las extremidades del norte, una metáfora del mapa Mercator.
Los guardamos a puerta cerrada en el sótano del cuerpo, escondidos tras capas
de piel falsa y algodón. Salen poco y trabajan mucho. Con los años, la presión
y el roce los llena de callos y juanetes, de uñas clavadas contra la carne. Se
acostumbran, no te creas, al final los pies aceptan que no son manos. Se arquean
y se amoldan al corsé del zapato. Los míos eran como cualquier otro, creo. Se
ajustaban a lo que en estadística se conoce como los límites de la desviación
típica de una distribución gaussiana, vamos que eran normales. Luego los
tiempos y los hechos han exagerado las formas, pelado los nervios y estirado los
tendones. Los miro ahora con el horror de quien ve hundirse los cimientos de su
casa. Se han quedado anchos y patosos, marcados por enfermedades sin nombre. Los
dedos, antes móviles y sencillos, se han retorcido en una garra que lucha por
mantenerse pegada a las suelas. Se han vuelto desconfiados, han llevado mala
vida. No son como tus pies, sanos y esbeltos, ligeros como impulsados por
resortes. Pies como los tuyos pueden al menos ser fetiche, fantasía sexual
burguesa. En cambio, mis pies son toscos e irregulares. Cada uno de mis pasos
es una cuestión de fe, una apuesta por la integridad de mi maltrecho sistema
nervioso. Espero que aguanten muchos años. Los cuido, sé que hacen lo que
pueden. Al menos son sinceros a su extraña manera. Cuentan cosas de mí que yo
solo cuento a la tercera cerveza.
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