Son cuatro.
Las parí con dolor para cumplir la maldición bíblica y aún no me lo han perdonado: de vez en cuando me martirizan con distintos grados de tormento. No hay gemelas ni mellizas. Nacieron en distintas épocas, apresuradas unas y con parsimonia las otras.
Son cuatro y no alcanzo a verlas, siempre húmedas cuando las toco sin erotismo alguno.
Sus formas, texturas y adherencia a la base difieren entre sí. La de la izquierda de arriba está bien formada y desarrollada por completo. Se muestra altiva, segura de sí misma, dispuesta a reinar entre todas las que la rodean; la de la derecha de abajo parece siempre incipiente e ignora que no crecerá más. Está adherida a la carne como si temiera salir al exterior. Me recuerda a los fetos que parecen vivir felices en el útero materno y no quieren abandonarlo. La de la izquierda de abajo se mantiene en un punto intermedio. No quiere destacar. Tal vez sea la más inteligente y por eso durará más que las otras en su puesto. Y la de la de la derecha de arriba es apenas un puntito que finaliza en forma de garfio y te pincha inmisericorde si la tocas. Fue la última a la que gesté y no le vino bien, está enferma de celos y de ahí su actitud. Pero hay un punto que las unifica: el interés en invadir a sus contiguas sin importar los medios empleados ni sus consecuencias. Tal vez debería aprender de ellas…
Siempre han buscado la originalidad y la independencia, como la dueña. Ellas lo han conseguido, la dueña no.
No las he bautizado, pero vinieron al mundo con apellido: “Del Juicio”. Para mí fue un golpe bajo. Analicé el significado y entendí el mensaje: adiós a la ingenuidad, al juego, en definitiva bye bye a la infancia. Las odié por ello. Ya no. Mi dentista insiste, desde hace años, en que me desembarace de ellas. Alega que son inútiles, que buscan posicionarse a costa de sus anexas, mucho más necesarias, a las que masacran sin piedad. Yo me resisto. Sus argumentos tienen más peso científico que los míos, pero cuando pienso en estas muelas vilipendiadas por el estomatólogo me doy cuenta de que pese a sus defectos, malformaciones e instintos barriobajeros forman parte de mí, de que me han acompañado desde la niñez a la madurez y que pasarles la lengua por encima me produce un extraño placer de pertenencia a un mundo defectuoso lleno de posibilidades.
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