El cuadro que yo iba a ver era rojo. Lo sabía, como sé mi nombre o el camino que lleva a casa. Que el cuadro era rojo es la verdad. Una verdad pura, inmutable, la superficie helada de un lago al que se ha cortado el acceso. La verdad hecha rectángulo, colgada en la pared. La verdad, a la vista de cualquiera que entre al museo, y se interese por la exposición del tercer piso. La verdad, roja. Rojo cereza, rojo sangre, rojo carmín, cualquiera de esos apellidos con los que Elisa adornaba los colores. Colores que eran rojo, al fin y al cabo, y que no necesitaban más. Así lo era el cuadro.
Pero el cuadro que tengo delante no es rojo. Es azul. El cuadro es azul.
Entierro el rostro entre las manos y me restriego los ojos hasta ver pequeñas luces, el firmamento atrapado en mis párpados. Pienso si me estaré quedando ciego. Abro los ojos. No me he quedado ciego y el cuadro es azul.
Me lamento de haber entrado al museo. No iba a hacerlo. Pasaba cerca, de camino a recoger unas camisas, y una serie de coincidencias me han animado a pagar la entrada. Hoy es miércoles, como aquel día, y llueve, como aquel día. Eso es todo. Me ha parecido suficiente. Esa justificación hueca me ha valido para franquear la puerta de cristal y dirigirme a la sala del tercer piso. Porque soy como una mosca, y me vale que sea miércoles, y que llueva, para acudir a esos recuerdos que otros despreciarían, disfruto de la sutil dulzura del dolor en descomposición. Como una mosca, vuelvo, siempre, a lo pasado, recupero lo que habría que dejar estar. Y ahora el cuadro es azul.
Aquel miércoles que llovía el cuadro era rojo y Elisa lloraba. Las lágrimas le caían mejilla abajo, se desprendían al llegar al suave acantilado de su mandíbula. Yo hice torpes malabarismos con una frase que no quería decir, pero que debía decir. Al final salió, atropellada, y ella se fue de allí sabiendo que me esperaban otras mejillas y otra mandíbula, y que acababa de reescribir nuestra historia en la sala de un museo.
¿Seguiría siendo rojo el cuadro de no encontrarme allí? Yo, que debía de estar en la tintorería, pero que no lo estaba. Por mi obsesión con el regreso constante, con juguetear con los recuerdos, como si tuvieran algo nuevo que devolverme. Ahora el cuadro es azul y, allí colgado, se me antoja repugnante. He lanzado un guijarro al pasado, y el fino hielo del lago se quiebra. Toda mi historia se precipita hacia delante, se deslavaza. De repente, nada está a salvo. Porque todo es presente, y si el cuadro es azul, también es azul el pasado. Y si el cuadro es azul, quizás no era miércoles, quizás no llovía, quizás era Elisa la que hacía malabares para decir lo que debía decir pero lo que no quería decir, era ella la que pensaba en otras mejillas y en otra mandíbula, y no era ella la que lloraba, sino que lo era yo.
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