Perdido en un
océano escarlata. La arcilla carmesí me abraza, me confunde. Las pinceladas
parecen hechas por un niño de cuatro años, ese descuido con el que están trazadas,
parecen manchas de sangre arrastradas por un animal herido. No existe la
geometría en esta pintura, este monumento de color cereza, todo está lleno de
incertidumbre y plagado de duda.
Es un presagio, o
parece ser un presagio, de alguna catástrofe que va a suceder. Me fijo y lo
veo, ese rojo que chilla entre dientes, ese color que despierta las alarmas
interiores en lo más profundo de mi ser, el responsable de mi pequeña guerra
civil al observarlo.
La gente pasa y
no se inmuta. ¿Por qué no se inmutan? Hay una señora de 80 años al lado mío,
parece una babushka de aquellas rusas con el pelo gris y un moño en la cabeza
de color amarillo. Hay un niño de 8 años a mi izquierda, sentado en el
taburete. Ni siquiera se ha fijado en el cuadro, parece que nadie lo viera, que
es invisible. Yo tengo la desgracia de verlo, me siento maldito como Prometeo
con la tentación de entregarle el fuego a los mortales, late la hoguera y la alabo
como un fanático, el mortal soy yo, me entrego el fuego a mi mismo.
Ansío ir más
allá, incluso, de estas tentaciones. Adentrarme en la hipnotizante brasa,
sucumbir a sus deseos oscuros. Me quitaría primero los zapatos mientras que
observo la candelada cereza, luego los pantalones y la camiseta mientras huelo
el ardor de la madera, el refugio de mis penas se encuentra en este incendio.
Finalmente me desnudo y me adentro en el cuadro, este infierno de granate se
siente cálido, tan cálido, no como el frio que he sentido toda mi vida, no como
el gélido abrazo de los días pasados.
Las llamas
parecen dos dragones elevándose por encima del cuadro, se posan como arcos y
abren las fauces llenas de colmillos fogosos, respiran secretos. Me llaman por
mi nombre, ¿Cómo lo saben? Su rugido es una brújula, me guía a la caldera.
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