Cuando era pequeño, recuerdo añorar esos ojos que eran como esmeraldas o
como zafiros, los que tenían los actores de cine, mis ojos marrones me parecían
apagados y sombríos, como dos escarabajos muertos, descansando en las tumbas de
las cuencas.
Recuerdo aquellos zafiros y esmeraldas y como brillaban a través la
pantalla, todo lo que decían esas miradas penetrantes y como se clavaban en mi
como espadas, eran creadoras y destructoras de mundos. Mis ojos no, eran opacos
y oscuros, carecían de esa persuasión, de esa danza ritualista y seductora.
Ahora miro mis ojos, y veo lo que no veía antes. Veo dos animales
agachados, con un aire melancólico, pero a la vez sereno. Me miran, están
listos para saltarme encima en cualquier momento, para despertar de ese océano
de incertidumbre y apacibilidad y crisparse como feroces felinos, para erigirse
como veloces criaturas capaces de desgarrar lo primero que se encuentren. Ya no
creo que mis ojos sean esas dos esferas sin vida que fueron una vez, que
carezcan de persuasión, ya no lo veo así.
Ahora veo el iris de la templanza, de la abstinencia, de la prudencia, pero
es una fachada. Detrás de esa primera capa de color miel se esconde una
peligrosa pupila, impertinente y descuidada, despiadada y desatada, que
necesita un centinela que la vigile de su propia naturaleza, la tiranía de la
circunferencia, la vigilancia del iris. El iris, ese océano de colores miel y
café, esa fachada pintada de marrón, esa mentira dibujada por un ladrón
silencioso.
La pupila baila entre dos mundos, el de las ataduras y el de los
desenlaces, el de la represión y el de la libertad. En esos dos círculos
despóticos y crueles, víctima de la geometría, se esconde un león de ébano, su
custodio está en la puerta, vestido de arcilla.
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