martes, 13 de julio de 2021

Ojos

 

Cuando era pequeño, recuerdo añorar esos ojos que eran como esmeraldas o como zafiros, los que tenían los actores de cine, mis ojos marrones me parecían apagados y sombríos, como dos escarabajos muertos, descansando en las tumbas de las cuencas.

Recuerdo aquellos zafiros y esmeraldas y como brillaban a través la pantalla, todo lo que decían esas miradas penetrantes y como se clavaban en mi como espadas, eran creadoras y destructoras de mundos. Mis ojos no, eran opacos y oscuros, carecían de esa persuasión, de esa danza ritualista y seductora.

Ahora miro mis ojos, y veo lo que no veía antes. Veo dos animales agachados, con un aire melancólico, pero a la vez sereno. Me miran, están listos para saltarme encima en cualquier momento, para despertar de ese océano de incertidumbre y apacibilidad y crisparse como feroces felinos, para erigirse como veloces criaturas capaces de desgarrar lo primero que se encuentren. Ya no creo que mis ojos sean esas dos esferas sin vida que fueron una vez, que carezcan de persuasión, ya no lo veo así.

Ahora veo el iris de la templanza, de la abstinencia, de la prudencia, pero es una fachada. Detrás de esa primera capa de color miel se esconde una peligrosa pupila, impertinente y descuidada, despiadada y desatada, que necesita un centinela que la vigile de su propia naturaleza, la tiranía de la circunferencia, la vigilancia del iris. El iris, ese océano de colores miel y café, esa fachada pintada de marrón, esa mentira dibujada por un ladrón silencioso. 

La pupila baila entre dos mundos, el de las ataduras y el de los desenlaces, el de la represión y el de la libertad. En esos dos círculos despóticos y crueles, víctima de la geometría, se esconde un león de ébano, su custodio está en la puerta, vestido de arcilla.

 

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