Del primer impacto que recibí sobre ella no recuerdo casi nada.
Del segundo lo recuerdo todo.
El tercero no llegó a producirse nunca, pero estuve
esperándolo durante cinco largos segundos y el miedo aún me abraza, cargante y
pegajoso.
Fauces, pico, morro, jeta, bocacha, hocico. Me encantan
los sinónimos. Son como segundas oportunidades para comprender algo, así que
todo lo que pasa en la vida debería tener un sinónimo asignado por si no
entendemos su significado.
Del primer impacto quizás recuerdo que mi boca se balanceaba a escasos centímetros de la esquina de una mesa. El olor a infancia, a Tom y Jerry decolorados en una camiseta de verano ajada por el sol y a mi madre acechando con ojos de fiscal inquisidor. Luego tan sólo reminiscencias mal ordenadas en un intento absurdo por recuperar la secuencia certera de lo que pasó.
Del primer impacto también recuerdo a aquel hombre vestido de verde que
me cosió el labio inferior mientras yo me afanaba en comparar su altura con el
cuello de un diplodocus en vez de llorar.
Mi boca tiene desde entonces una señal de haber
bregado ya en sus tiernos inicios con las inclemencias de una vida que siempre
se acaba complicando incluso más.
Las inclemencias también me gustan, no tanto como los
sinónimos, pero te permiten entender muchas cosas. Que la vida tiene el tacto
de una roca a la intemperie, por ejemplo, o que en ella no existen en realidad palabras
comodín con las que poder comprender todo lo que se nos escapa.
Del segundo impacto recuerdo la emisora de radio a todo trapo. Mi boca intentaba articular bien las estrofas como forma de compensar esa ilusoria manera que tengo de entonar con precisión. Me había puesto brillo de labios y en el interior del coche flotaba un aroma a mentol por el caramelo que mi lengua mecía en abrazos de saliva al compás de la canción.
Del segundo impacto también recuerdo los 120 kilómetros por hora y mis
codos sobre el volante, de repente, en tensión. De repente como esa ola que no
te esperas y te atiza, paradójicamente, en seco. De repente como el airbag, la conmoción, el
choque, la ambulancia y de nuevo mi boca partida en dos.
La inflamación tardó varios días en desaparecer y por
primera vez me avergoncé de una parte de mi cuerpo que jamás me había supuesto complejo
alguno. Y aquello me recordó que la vergüenza viene siempre de la mano de un adulto,
y que la vida está averiada porque crecer parece sinónimo de corromperse.
El tercer impacto nunca existió, pero mi labio
inferior, roto por partida doble, lo estuvo esperando con mirada desafiante
durante todo aquel tiempo que él tardó en decidirse si hacerlo o no. Si me
preguntaseis a mí, fue una eternidad. Si le preguntaseis a él, nunca estuvo
allí.
Me gusta mi cicatriz.
Cuando sonrío se hace más grande. Así que sonrío mucho.
Es mi manera de sacarla a relucir a modo de peineta rebelde y desvergonzada. Reír es de los pocos actos de desacato que podría cometer.
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