Del Dr. Fatuo a Mr. Necio
El anuncio por
palabras apenas decía: buscamos adjetivo cualificado y con experiencia
demostrable, al menos dos años calificando sustantivos, para ocupar en el
futuro un puesto de responsabilidad. Como requisito, la Enseñanza Secundaria
Obligatoria.
El Dr. Fatuo, un
reputado adjetivo, alto, culto y noble, se levantó temprano, tomó su desayuno
una taza caliente de café con leche, sin azúcar y dos pastillas, una de género
y otra de número como precaución. No quería tener sorpresas en la entrevista.
Cuando llegó al
edificio, el Sr. Propio, un sustantivo veterano, salió a recibirlo y lo condujo
la sala de oraciones. Al principio, la entrevista fue bien. El Dr. Fatuo comenzó
hablando de su extensa carrera en el mundo de los sustantivos. Se había
especializado en coaching y poseía una amplia experiencia como coach adjetival.
Sus conocimientos habían sido determinantes para ayudar a muchos sustantivos desubicados
en el tiempo y el espacio. En otros casos, había mejorado la relación con los
sustantivos apoyando su pertenencia a un grupo, pero se consideraba un experto
en calificar. Sentía que había llegado su momento y que necesitaba dar un giro
profesional a su vida. Quería asumir nuevos retos, como por ejemplo, liderar a
un grupo de sustantivos.
A medida que avanzaba
la entrevista, comenzó a sentir unas ligeras molestias. Sus vocales empezaron a
sudar, las consonantes se movían inquietas, parecían nerviosas e intentaba
controlarlas sin éxito. En cuestión de segundos, la F y la T desaparecieron de
su nombre al oír los gritos de la N y la C que corrían apresuradamente tras
ellas. La A y la U aullaban mientras la E y la I amenazaban a la O. ¡Tú te
quedas ahí!
El Sr. Propio no
daba crédito a lo que estaba escuchando.
¡Los adjetivos son
el complemento del verbo!
¡Despida a los
adverbios! El adverbio de lugar está fuera de tiempo y el de tiempo está fuera
de lugar.
¡Los sustantivos
sin mí son impersonales! ¡Sois unos chaqueteros! Cambiáis de género y numero a
vuestro antojo…
En cuestión de segundos, la vanidad se
había transformado en necedad y el Sr. Propio, atónito no sabía cómo reaccionar
ante el tipo que tenía ante sí. Un desconocido adjetivo de baja estatura, ignorante y modesto que
le tendía la mano mientras se presentaba con una amplia sonrisa desdentada.
¡Hola! Soy Mr.
Necio.
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