Cobarde,
me llamó cobarde, a la cara y luego otra vez, por teléfono. Estábamos sólo nosotros
en el parque. Ellos a un lado y yo al otro, solo, como siempre. Cuando te
acerques al chucho mírale a los ojos, levanta la barbilla y ponte recto. Me
dijo que le esperara al salir de clase. El viento levantaba el suelo y hacía
crujir las ramas de los árboles mientras él me miraba a la cara con sus ojos
polvorientos. Si no te tienen miedo se envalentonan y si te muerden la has
cagado. Cada día me humillaba, me robaba el almuerzo ¿qué más quería de mí? Me
hizo una mueca de desprecio y apretó los puños, grandes y redondos como bolas
de derribo. Los demás gritaban, le animaban. Tienes que ponerle el palo en la
boca, hacerle rabiar, si no, no pelea, nadie paga por ver a un perro que no
pelea. Me podía llamar lo que quisiera menos cobarde, un cobarde no viene, un
cobarde se va corriendo a casa. Le sostuve la mirada, traté de mantenerme firme.
Metí la mano en el bolsillo y sentí el filo tembloroso, sólo tenía que sacarla
y todo habría acabado. Mírale a los ojos, que no se note que tienes miedo, los
perros huelen el miedo. Mi madre no estaba en casa, mi padre me dio la navaja. Co-bar-de,
volvió a decir, muy despacio, paladeando las sílabas. Los demás le coreaban, lo
repetían entre risas. Así no, dame, dame el palo, que la estás jodiendo. Alguien
se lo dijo a la profesora, no fui yo, eso les enrabió más. Gritaban, machácale,
revienta al chivato. Les hizo caso, vino hacia mí como un animal, con pasos pesados
y rotundos ¡No llores joder! Mírame, mira como lo hago yo, aprende o te harás
un blando. Mi padre dijo que eran como perros, que si la sacaba se asustarían y
no me volverían a molestar. Fui incapaz de hacerlo, no pude ni tan siquiera
moverme ni esquivarle. El primer golpe fue el peor, me estalló un pitido en el
oído, todo lo demás quedó en silencio. Así ¿ves cómo pone el rabo entre las
piernas? Ya no notaba dolor, sólo las sacudidas. No dejó de golpearme cuando
caí al suelo. No sé cómo lo hice, fue instinto, pensaba que me iba a matar. Mira
cómo gime y esconde la cola, me tiene miedo, sabe que está vencido, que soy su dueño.
Si hubieran llamado a una ambulancia quizá se hubiera salvado. Todos salieron
corriendo al ver la sangre. No sé cómo pude, ni tan siquiera fui consciente de cogerla
del bolsillo, sólo recuerdo sacar el cuchillo de su estómago. Toda esta rabia
la sacará contra otro perro en la próxima pelea, nos jugamos las habichuelas. Se
derrumbó sobre mí como un peso muerto, pero aún sentía su aliento en mi nuca. Me
aplastó, no me pude mover hasta que lo levantó la policía. ¡No llores joder, es
sólo un puto perro! Tienes mi sangre, no voy a dejar que te hagas un cobarde.
No hay comentarios:
Publicar un comentario