FUNDIDO EN NEGRO
Al despertar lo vi todo negro. Pero, poco a
poco, el negro nubarrón de mis pensamientos se fue disipando en mi mente, dando
lugar a una creciente sensación de alivio, mientras mis ojos se acostumbraban a
la luz que entraba a través de los visillos. Vi en el suelo tu cinturón negro,
el mismo que te complacías en agitar contra mis costillas, cuando no era tu
puño el que impactaba en mi cara, avivando la curiosidad de las vecinas, que me
preguntaban en cuanto me veían "¿Cómo te has puesto ese ojo negro?".
Como si no lo supieran.
Eso se había acabado. Había conseguido salir
de ese negro hoyo en el que llevaba años hundida, desde el día en que te
conocí. "Negra carne, pelo negro", parafraseando al poeta… y mucho
más negra tu alma. Te encaprichaste de mí, me dejé encandilar, y entré por mi
propio pie en la cárcel de los celos, de las malas palabras, las prohibiciones
de quedar con mis amigas o de ir a ver a mi madre. Tus ojos negros centelleaban
cuando te considerabas con derecho a levantarme la mano, para luego sumirse en
la más negra amargura cuando te decía que te iba a dejar. Y yo siempre volvía.
Y el círculo se estrechaba a mi alrededor, cada vez más sola, más presa, e
igual de enamorada.
Las obras del ascensor habían empezado
aquella semana. Me había fijado en dónde se guardaba la llave que desbloqueaba
las puertas. Cuando esa noche empezaste a gritar agarré firmemente el cuchillo
carnicero. No te lo creías, te reías de mí, me decías que estaba loca y que no
me atrevería, mientras clavabas en mí tu negra mirada. Te llevé de espaldas
hasta el ascensor, y pulsé el botón para abrir las puertas. Avanzaste
lentamente hacia detrás, sin perdernos un momento de vista ni a mí ni al
cuchillo, y sin ser consciente del negro hueco que ocupaba el lugar donde debía
haber estado la cabina. Me pareció oír el sonido de un interruptor en casa de
la vecina, mientras la buena mujer se retiraba discretamente de la mirilla.
"Ya era hora", pensaría.
Me levanté por fin, y me asomé al hueco del
ascensor. La luz del sol entraba por la claraboya, y me permitió ver tu cabeza
ensangrentada. "Conque te estabas quedando calvo…". No pude contener
la carcajada. Siempre he apreciado el humor negro.
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