sábado, 19 de junio de 2021

 

FUNDIDO EN NEGRO

 

Al despertar lo vi todo negro. Pero, poco a poco, el negro nubarrón de mis pensamientos se fue disipando en mi mente, dando lugar a una creciente sensación de alivio, mientras mis ojos se acostumbraban a la luz que entraba a través de los visillos. Vi en el suelo tu cinturón negro, el mismo que te complacías en agitar contra mis costillas, cuando no era tu puño el que impactaba en mi cara, avivando la curiosidad de las vecinas, que me preguntaban en cuanto me veían "¿Cómo te has puesto ese ojo negro?". Como si no lo supieran.

 

Eso se había acabado. Había conseguido salir de ese negro hoyo en el que llevaba años hundida, desde el día en que te conocí. "Negra carne, pelo negro", parafraseando al poeta… y mucho más negra tu alma. Te encaprichaste de mí, me dejé encandilar, y entré por mi propio pie en la cárcel de los celos, de las malas palabras, las prohibiciones de quedar con mis amigas o de ir a ver a mi madre. Tus ojos negros centelleaban cuando te considerabas con derecho a levantarme la mano, para luego sumirse en la más negra amargura cuando te decía que te iba a dejar. Y yo siempre volvía. Y el círculo se estrechaba a mi alrededor, cada vez más sola, más presa, e igual de enamorada.

 

Las obras del ascensor habían empezado aquella semana. Me había fijado en dónde se guardaba la llave que desbloqueaba las puertas. Cuando esa noche empezaste a gritar agarré firmemente el cuchillo carnicero. No te lo creías, te reías de mí, me decías que estaba loca y que no me atrevería, mientras clavabas en mí tu negra mirada. Te llevé de espaldas hasta el ascensor, y pulsé el botón para abrir las puertas. Avanzaste lentamente hacia detrás, sin perdernos un momento de vista ni a mí ni al cuchillo, y sin ser consciente del negro hueco que ocupaba el lugar donde debía haber estado la cabina. Me pareció oír el sonido de un interruptor en casa de la vecina, mientras la buena mujer se retiraba discretamente de la mirilla. "Ya era hora", pensaría.

 

Me levanté por fin, y me asomé al hueco del ascensor. La luz del sol entraba por la claraboya, y me permitió ver tu cabeza ensangrentada. "Conque te estabas quedando calvo…". No pude contener la carcajada. Siempre he apreciado el humor negro.

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