viernes, 18 de junio de 2021

          VACÍO

Ávido de emociones salgo del garaje sin rumbo fijo, como cada sábado. De copiloto nadie. Circulo despacio porque no tengo ninguna meta que alcanzar. Mi conducción refleja la modorra anímica que llevo tatuada de origen. Llego al puente del río Seco. Me detengo porque hay un coche parado haciéndome guiños con el intermitente izquierdo. La mujer que lo conduce desciende y sin esfuerzo aparente sube al pretil, mira hacia abajo para lo que intuyo su salto final. Su cabellera dorada se levanta en paralelo a su falda, volanderas ambas. Parece una portada de Vogue. 
Intento abrir la puerta de mi coche para correr hacia ella; quiero bajar la ventanilla, gritar, decirle que pare, que vale la pena vivir, que piense en su familia, que es hermosa, que es joven, que.... Me quedo anclado en el asiento, las manos pegadas al volante, la boca abierta sin emitir sonido alguno. Soy incapaz de mentirle y eso me paraliza.
Un conductor que viene por el otro carril, frena en seco, sale de su automóvil, se dirige a la chica con una velocidad guepardiana y le dice todo lo que yo fui capaz de callar. Cree que puede evitar lo inevitable. La chica gira la cara y la visión del samaritano le produce la descarga que necesita para darse impulso y tirarse al vacío. 
Detrás de mí estaciona un coche de policía con tantas luces y sonidos que parece anunciar una feria en vez de un fallecimiento. Un agente se acerca a la barandilla del puente para confirmar que hay un cuerpo femenino destrozado en la ribera del río; el otro  empieza a golpear el cristal de mi ventanilla, me exige que la baje, que salga del vehículo; me chilla para preguntarme quién soy y qué hago en ese lugar; y en ese estado de excitación policial que tantas veces he visto en la televisión intenta hacerme responsable del suicidio de la rubia.
Ya en casa con la rutina doméstica como compañera de piso sigo vacío. Feliz he comprobado que no soy el único.

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