-Es el hermano de la zorra esa..
El susurro líquido le entra en el cerebro como un enjambre de avispas furiosas. El botellón desaparece a su alrededor y Marcos deja de ser consciente del entorno. Nota el frío que le cae por la nuca y se precipita de nuevo a sus recuerdos, una espiral negra y apestosa que le envuelve otra vez, como lleva haciendo desde hace dos meses con una periodicidad absurda.
“Zorra”.
Aquella noche, Marcos llegó pronto a casa. Tenía examen el lunes y quería repasar a la mañana siguiente. “Pronto” para él eran las tres y media de la mañana, pero su hermana siempre llegaba a casa mucho antes. Tenía apenas 15 años y sus padres habían impuesto el toque de queda a medianoche. Ella había protestado y había buscado el apoyo de Marcos, pero él tampoco la había defendido. “Da gracias que te dejan hasta esa hora”, y le había cerrado la puerta de su habitación en las narices.
Pero aquella noche temblorosa, sus padres le esperaban en el comedor. No le riñeron por llegar tarde, pero le preguntaron por Claudia. Él se encogió de hombros. Sí, habían ido a la misma discoteca (aunque él había entrado horas más tarde que ella). No, no la había visto más que a las once, su melena roja destacando entre la multitud. “Ha pasado algo”, dijo su madre. Él la llamó paranoica y se fue a la cama.
A la mañana siguiente, Claudia no estaba en su cuarto. Sus padres habían pasado la noche en vela y habían empezado a llamar a los hospitales. A las 7 y media dieron con ella en uno sala de Urgencias. Su madre entró a despertarle con la cara desordenada, como cuando tiras dados sobre una mesa y bailan antes de sacar todo unos.
“Zorra”.
Marcos recuerda las siguientes horas de forma deslavazada. No sabe si la vio antes o después de que sus padres hablaran con los médicos. Sólo recuerda que cuando fue a abrazarla ella se apartó, las lágrimas colgadas de sus pestañas como acróbatas suspendidos de un trapecio que tiembla bajo los focos de la pista central. Ella no quiso contarle nada y fue su padre quien tuvo que explicarle lo que había pasado.
“Zorra”.
El botellón ya no importa. Sólo importa la palabra, el lanzazo al costado de su autocontrol. Mira el grupito y en ellos ve los cuatro tíos que se fueron con su hermana esa noche. Da igual que ninguno de ellos juegue al fútbol en el equipo del instituto y que ninguna de sus caras se parezca a la de quienes se llevaron a Claudia a la playa. Ellos no le habían robado la sonrisa. Pero allí estaba el juicio, unidireccional. Cruel. Violento.
Marcos piensa en que su hermana no sale de casa. Piensa en que no se atreve a mirarle. Recuerda que le vio los moretones en la espalda un día que su madre la estaba ayudando a ducharse. Marcos recuerda que Claudia se cortó el pelo al cero, su melena rizada, porque decía que no la podía sentir limpia nunca más.
Marcos recuerda.
“Zorra”.
Ni siquiera se da cuenta de que se ha lanzado contra ellos.
Son cuatro contra uno pero, esta vez, Claudia ganará.
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