Vuelve a dolerme el estómago. Ya van dos días. Cuando pasa del tercer día es cuando comienzo a darle muchas vueltas. A veces incluso antes. Veo que se acerca el tercer día y empieza a obsesionarme saber que solo me quedan unas horas para empezar a obsesionarme.
Mi estómago es el reflejo de todo lo malo que llevo dentro.
Querría comer sin sentir ese dolor en el vientre. Una persona diminuta ha encendido una vela y busca algo entre mi páncreas y mi intestino. Y no se decide a irse. Me vienen a la cabeza mil cosas que querría comer, una cornucopia sin fin en mi mesa del comedor. Tengo tanta hambre que mi estómago se retuerce, se encoge, se curva. Pienso en un pato laqueado, crujiente, tierno, barnizado en soja, y acompañado de esa salsa densa, dulzona, que se pega al paladar. Pienso en tomates rebosantes de jugo, en raviolis salpicados de una fina lluvia de parmesano y limón de Sicilia, en gruesos granos de sal sobre un bizcocho de naranja confitada. Pienso en una torrija gruesa, rezumante de leche, del pan brioche que venden en el horno que abrieron hace unos meses. Pero ahora todo eso está prohibido.
Mi estómago es el espejo de una yo que me avergüenza.
No siempre es dolor. A veces, mi estómago se cierra. Si tengo que elegir, prefiero el dolor. El dolor es el estrés, es la ansiedad. Cuando se cierra, es que he hecho algo todavía peor. Cuando se cierra, lo que me devora es la culpa. La culpa de colegio católico, que no consigo despegarme. ¿Y qué he hecho ahora? Seguro, algo malo. Algo malo. Mi estómago cerrado me consume por dentro, solo me sirve el agua, se me hunden las mejillas, se lacia el pelo, el olor del ajo y del laurel me ponen enferma. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Intento mirarme por dentro y distinguir lo que he hecho, pero no puedo verlo en su totalidad, intentar percibirlo me duele en los ojos, y no quiero meter a mis ojos en esto.
Mi estómago es un vigilante que no duerme.
A veces pienso que si dejo de pensar en ello desaparecerá. Como los dioses, el dolor de estómago solo existe cuando crees en él. Quizás se acabe hoy. Eso querría. Pero no. No se acabará hoy. Tampoco mañana. Y mañana ya habrán pasado tres días.
Por Ana Camarena.
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