Hola! Allá voy.
MIS OJOS
Me
gustan mis ojos. Son unos sencillos ojos marrones. Con el paso del tiempo han
ido cargándose de atributos: miopes, astigmáticos, présbicos, a la vez que se volvían
algo más pequeños y se apagaba un tanto su brillo. Son los ojos de mi familia
paterna, de los abuelos que vinieron desde Granada cuando la guerra, solo con
una maleta. Me gusta pensar que son parecidos a los ojos que lloraron al
abandonar la Alhambra, hace más de cinco siglos.
Me
gustan mis ojos porque me permiten conocer el mundo. Me han enseñado paisajes
montañosos en los que la vegetación ya había desistido de crecer, y árboles que
nacieron mucho antes que nosotros; ríos cuyas aguas reducen nuestra temperatura
corporal a la vez que nuestras preocupaciones, y olas que lanzan su hombro contra
los acantilados para abrirse espacio. Gracias a mis ojos he contemplado robustas
catedrales, compañía y consuelo de los hombres, y frágiles pagodas de inquietante
decoración; vanidosos palacios, rascacielos poderosos pero vulnerables, y expresiones
de ego talentoso en los museos. A través de la lectura, mis ojos me han
permitido acercarme a lugares que jamás conoceré en persona, a pensamientos que
no son los míos, a culturas ajenas, a historias que nunca me sucederán a mí; y
he podido indignarme ante las injusticias que revelan los periódicos.
Me
gustan mis ojos porque definen mi manera de estar en el mundo. Me gusta
levantarlos y cruzar la mirada con otros ojos, que también buscan a alguien
conocido entre las personas que caminan cubiertas con sus mascarillas. Me gusta
cómo miran a mis hijos, acariciándoles, tanto cuando pierden los estribos como
cuando interrumpen su adolescencia para darme un abrazo o hacerme una fugaz
confidencia. Y cómo son capaces de llorar con las desgracias propias y ajenas,
y de iluminarse ante las buenas noticias, ante la alegría compartida, ante
cualquier manifestación de belleza.
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