ASEPSIA
Me coloco el gorro. Plástico. Verde. Me afea.
Me embuto en la bata. Plástica. Verde. Me engorda.
Acumulo decenios con este ritual aséptico.
Respiro hondo y absorbo la higiene. Me limpio por dentro.
Pienso en el paciente con denominación de origen: cardiomegalia. Como si ese nombre rimbombante fuera a sanarlo. Con las palabras queremos edulcorar lo que nos amarga.
Empiezo el protocolo:
1.- Escancio unas gotas de propofol, tiopental, fentanilo, midazolam y ketamina. Lo mezclo no lo agito y consigo un cóctel tóxico legalizado. Si tuviera valor lo bebería antes de inyectarlo. Soy un cobarde.
2.- Combino halotano, isoflurano, sevoflurano sin que me falte el óxido nitroso. Preferiría opio, cicuta, belladonna y mandrágora. El sonido de esas palabras me colocan, pero el profesional triunfa sobre el romántico.
Entra la camilla con un bulto debajo de una sábana blanca, esterilizada. Se intuyen unos pechos diminutos, incongruentes con un corazón gulliverniano. De ahí el propósito de jibarizarlo.
3.- Le rozo el codo, punto neurálgico de la nada. Controlo mis gestos: las demostraciones de empatía, simpatía y cercanía están prohibidas en el apartado c) del artículo 238 del último Código Deontológico aprobado por la Asociación de Anestesitas y Anestesiólogos del siglo XXI. A pie de página se justifica la prohibición: "con el cumplimiento de este precepto se evitan posibles demandas por exceso de confianza con penas de entre 1 a 3 años de aislamiento social; además si el individuo objeto de displicencia muere por hipersensibilidad a la frialdad del entorno, el anestesista no asumirá ninguna responsabilidad porque no hay negligencia profesional por su parte".
Cumplo a rajatabla el Código dentro y fuera del quirófano. A la penalización me anticipo porque vivo en aislamiento.
4.- Intento tranquilizar al paciente. No lo consigo. Le explico sus próximas horas. Ejerzo de pitoniso con carrera médica.
5.- Le inyecto el brebaje que se desliza por un tubo de plástico. Un torrente farmacológico para un torrente sanguíneo. Pone ojos cannabicos.
6.- Le adhiero la mascarilla transparente en la boca para que inhale el maridaje de hipnosis, relajación y analgesia que le he preparado. Boquea. Parece un mero.
7.- Susurro un Padre Nuestro . Soy ateo. Soy contradictorio. Amén.
8.- Doy gracias a Dios. No creo en él. Lo necesito.
9. Empiezo el ritual del cangrejo:
Instruyo cómo reanimar al enfermo.
Me quito el gorro, la bata, los guantes. Mejoro.
Me salgo de la bata. Plástica. Verde. Adelgazo.
Dejo un deshecho verde en la papelera inmaculada.
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