Mi rostro en el espejo. El
pelo deshecho. El tiempo subió sus hilos a tu pelo, dice el poeta. Canas, hilvanes
blancos por donde nos vamos deshilvanando, deshilachando, y se ve lo mal hechos
que estábamos, lo de prisa que nos cosieron las costureras. El pelo se va, se
irá, se cae, poco o mucho, pero se cae.
Me gustaba llevarlo en melena rebelde, sobre la frente,
como los héroes infantiles, cuando niño, pero la abuela me pelaba al cero, en
los veranos tórridos, y se me filtraba la brisa morada de la tarde por la
cabeza desnuda, dejándome aterida la imaginación. Luego lo he llevado como me
ha dado la gana, peinado hacia delante, hacia atrás, enmelenado, con patillas o
sin patillas, y he jugado a hacerme una peluca con el propio pelo, que es a lo
que juega todo el que se hace una cabeza, eso que se llamaba antes «hacerse una
cabeza», del mismo modo que los calvos juegan a hacerse un pelo propio con el
peluquín. La filosofía occidental -Hegel, Marx, Descartes- es una filosofía de
raya al medio, y la filosofía oriental es pelona, de cabeza rapada. Yo, que no
soy filósofo, he cambiado de peinado como de sistema mental y de concepción del
mundo, cuando me ha dado la gana, pero los peines salen cargados como carretas
de heno, y es cuando hay que volver al dermatólogo, ponerse turbantes de
espuma, como un fakir de los espejos del baño, o frotarse, locionarse, refregarse.
Eso es bueno, porque el pelo se cae de todas maneras, pero se acelera el riego
periférico del cerebro, y quizá también el otro, de modo que un lavado de
cerebro no es una metáfora soviético-germánica, sino que efectivamente se
tienen las ideas más claras o más escasas el día en que se ha lavado uno la
cabeza.
Se pierde lo rubio del pelo como se pierde lo rubio del
alma, el estofado de oro con que nos decoró la vida en un principio. El pelo
duda hasta quedar en un castaño mediocre, a los ojos, todo marrón corriente,
que es el color de los que no vamos a llegar nunca a nada. Era mi pelo rubio
trigal por donde pasaban palomas femeninas como manos, vientos de primavera,
ráfagas, y hoy sólo pasan peines tristes, y el rastrillado de las ideas, que un
día me alborotó la cabellera de metáforas, y que hoy me va dejando la cabeza
como un campo sembrado, roturado, hasta que vuelva a ser jardín salvaje. Porque
uno empieza queriéndose hacer un peinado ideológico irreprochable, y se tarda
en llegar al saludable abandono de la peluquería y la jardinería. Con un jardín
salvaje por cabeza es como más libre se va por la vida.
Mas todavía me doy lacas, champúes, lociones, colonias,
y así me va. El pelo era el penacho de la imaginación, y a medida que tenemos
menos imaginación vamos teniendo menos pelo. La frente entra profundamente en
la cabeza, como si yo pensase más que antes, aunque la verdad es que pienso
menos. Todo lo que antes hacía nido en mi pelo -sueños, aves, bocas, cielos,
fuegos- pasa ahora de largo, me sobrevuela, y sólo en muy raros días se siente
uno la cabeza poblada, habitada, y piensa que algún pájaro raro ha hecho nido
en ella con mimbres de pelo y de amor.
Da miedo mirarse al espejo, peinarse, siquiera sea con
los dedos, porque no se vaya el pájaro raro de la idea, de la cosa. Es el
momento de ponerse a escribir, porque el pájaro picapinos me picotea en la
prosa como yo picoteo en la máquina, el pájaro carpintero quiere construir
algo, no se sabe qué, hasta que de pronto, en un cambio de folio, en un cambio
de párrafo, comprende uno que el pájaro ha volado, que ya no está.
miércoles, 9 de junio de 2021
Umbral y su pelo
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