LAS MANOS
Las manos, mis manos, una mano
más oscura y la otra más clara, como si yo hubiera tenido un abuelo marqués y
otro metalúrgico. Las manos tienen todavía el molde de la mano cainita, la
estructura de la mano asesina y depredadora del antropoide, del primer hombre,
del último homínido. De modo que no hay manos inocentes. Manos blancas, que no
ofenden. Quizá son las que más ofenden. Mi mano derecha está más trabajada, ha
vivido más, tiene como mayor biografía. Mi mano izquierda es más femenina, más
sensible, posa y vuela. Marta y María, las manos.
No hay igualdad en la vida. La discriminación la
llevamos en nosotros. Una mano es siempre más aristocrática que la otra. Y la
otra mano es más laboral, más violenta, más sufrida. ¿Cómo superar eso? Hay que
llegar a un mundo de ambidextros. Los obreros trabajan con las dos manos, han
conseguido la paz y la reconciliación entre sus manos, que quizás es la mayor y
mejor paz que el hombre puede conseguir en sí mismo. El intelectual, el
burócrata, el que escribe, el que habla, tiene una mano pública, activa,
laboriosa, y la otra mano -generalmente la izquierda- como muerta, amortajada
de blancura, momificada, posada. Eso revela el desequilibrio de nuestra vida,
el desnivel de nuestra alma.
Las manos, en la infancia, fueron como garras que la
madre, cada cierto tiempo, tenía que lavar, pulir, recortar, limar, para
devolverles su calidad de manos, su humanidad. Hemos tenido épocas de cuidarnos
mucho las manos y épocas de olvidarlas casi por completo. La mano se hace
ladrona por sí misma, o se afemina, o se cierra con violencia. Realmente, vamos
detrás de nuestra mano, que nos arrastra y quiere cumplir su destino.
La mano ha escrito ondulantes alejandrinos, milagrosos
pentagramas, pero su forma se la ha dado la violencia, la caza y el crimen. Es
la mano de un primate haciendo pendolismo. La cultura no ha conformado la mano
como la guerra. Nuestra mano es una herramienta y un arma. Tiene el molde de la
violencia. Por eso, cuando redacta leyes, suelen salirle violentas, y cuando
redacta poemas suelen salirle mentiras. Tenemos las manos sucias de sangre, las
manos del hombre han matado mucho. La guerra y el crimen no son sino un volver
a lavarse las manos en la sangre primera de las destrucciones prehistóricas, en
la garganta caliente y roja del hermano o del carnero.
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