La parte inferior de mi cuerpo es como un sistema arquitectónico en el que la asimetría entre mi lado izquierdo y derecho definen mi carácter dinámico e inquieto. Mi fuste atlético y musculado está compuesto por dos columnas que descansan sobre unas basas estándares, normales, sencillas en las que destacan unos delicados estilóbatos. Los capiteles dóricos, sencillos, carentes de decoración, se fijan a un arquitrabe firme, sobrio, fuerte, con dos rocas compactas por su parte trasera, definidas y respingonas que, con el devenir de los tiempos, fueron erosionándose.
Al principio todo
era armonía, unidad y proporción siguiendo los preceptos clásicos de la
juventud. La aparición de unas pequeñas volutas de grasa en el capitel y acanaladuras
en el fuste fueron el presagio de un inminente cambio en el orden y estilo. Por
aquella época, decidí encomendarme a los Dioses quienes me dijeron que buscara
la solución en los cuatro elementos básicos de la naturaleza, el agua, la
tierra, el aire y… que, por el momento dejara de lado el fuego, aún no estaba
todo perdido y quizás el sacrificio fuera innecesario.
El agua en la era
a. C. (antes de la COVID-19) y la tierra y aire d. C. ayudaron a establecer un
estilo más acorde con la edad y que en cierta manera, respetaba la proporción y
la armonía del conjunto. No tardó en correr la voz y los emisarios jónicos enviados a la tierra dijeron a
los Dioses que corría como un niño de seis años y que nadaba como si tuviera dos
pequeñas motoras por pies. En mi defensa ante el juicio divino diré que: Corro
sin objetivo claro, sin tener en cuenta los kilómetros definidos, sin un tiempo
controlado. No sé mi media, ni si voy a cuatro o a cinco kilómetros el minuto.
No tengo marca ni récord personal y desconozco mis pulsaciones. Cuando creo que
ya he corrido lo suficiente me paro. Solo sé que disfruto sintiendo el ritmo
acompasado de mis pies batiendo el suelo o pisando el agua mientras mis
pensamientos se desplazan por el universo de mi cabeza.
Hoy mis columnas
muestran sus primeras fisuras azuladas. Mis capiteles han empezado a
desprenderse pero se mantienen estables gracias a redes de colores vivos y
estampados vibrantes con hojas de acanto, flores tropicales, lunares, e incluso
con atrevidos animal print que ocultan lo que no se quiere enseñar. Mi cornisa está
apuntalada con pantalones, faldas de tiro alto y vestidos que definen el talle
y estilizan. En Corintio, mi estilo
ha alcanzado todo su esplendor y madurez sin renunciar al ingenio o, incluso, a
una chispita de locura.
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