Soy anestesista. Un buen anestesista. De los mejores
diría. Soy tan bueno que si hubiera un premio al anestesista del año lo ganaría.
O cómo mínimo estaría nominado. Pero no lo hay, que yo sepa. Hacen falta
premios así, porque anestesiar no es sencillo y merece reconocimiento. Para ser
anestesista hace falta estudiar, estudiar mucho. Es un gran esfuerzo. Yo no
empecé por vocación. Tiraba más a letras, pero mi padre fue muy convincente. Y
menos mal, porque este es un trabajo útil, un trabajo de verdad. Me gusta. No
hay nada mejor que el silencio del hospital, la calma que refleja la luz
entrando por los grandes ventanales, el olor de una bata nueva o el tacto de la
aguja entrando en la piel.
Ver el trabajo bien hecho es la mejor parte. Los
anestesistas inexpertos cometen fallos, a veces se les despierta un paciente en
mitad de la operación. Lo he visto alguna vez. Qué vergüenza. A mí jamás. Por
eso me encargo yo mismo de mezclar los fármacos. Ya estoy muy mayor como para
pasarme a los métodos modernos. Pocos valoran eso hoy en día. Pero mis manías
tienen raíces demasiado profundas. Antes era otra cosa. Era una profesión de
prestigio. Hace no tanto digo. En el siglo XIX, podían practicarla solo los
mejores científicos. Ilustres como John Snow. De hecho, la reina Victoria le
nombró sir por tratarla con cloroformo durante el parto. Imagina que
honor, ser un sir. Tener el respeto de todo el mundo. Si me nombraran sir
anestesiaría siempre con un monóculo. Un sombrero de copa me parece excesivo.
Pero un monóculo sería perfecto. Un pequeño toque de distinción. No sé si los
sir llevan monóculo, pero yo lo llevaría. Redondo y perfecto sobre el ojo
derecho. O el izquierdo, no sé, da igual. Sería mi pequeño sello. Mi marca
personal.
Otros abren cuerpos, desatascan arterias, meten o sacan
órganos, empalman pequeños conductos entre sí y cosen todo junto para que no se
derrame. A mí todo eso no me interesa, parece banal. Son más fontaneros o carniceros
que médicos. Espero que no se me malentienda, sé que es un trabajo necesario. Pero
la anestesia requiere finura y sutileza, es un arte. Les doy el trabajo medio
hecho. Les pongo el cuerpo inerte sobre la camilla que es lo más difícil. Tocar
el botón de pausa de una persona. Cualquiera puede ser el carnicero del
quirófano, pero anestesiar, anestesiar requiere precisión de alquimista.
La
mayoría no entiende esto de la anestesia. Algunos lo llaman dormir. Me da la
risa cada vez que lo oigo. Yo no duermo a nadie, no soy hipnotista. Dormir es
muy diferente. Quien confunde las dos cosas es porque nunca ha estado
anestesiado. Cuando duermes sueñas, te enamoras, tienes aventuras eróticas, te
cabreas o te caes desde sitios altos. Nada de eso pasa con la anestesia. Cuando
estás anestesiado no sientes nada, es como no estar, es como morir, pero solo
por un ratito. Un ticket de ida y vuelta a la muerte. Me siento como Caronte,
llevando y trayendo a gente del hades. Anestesia viene del griego, significa
literalmente la negación del sentir, me lo dijo un paciente, un chico joven,
estudiante de clásicas. Yo también podría haber estudiado filología, pero
entonces no sería anestesista y eso sería una pérdida. Me dijo, no he sentido
nada. Y es verdad, no se siente nada. Lo he probado muchas veces. Los días
libres en mi casa. Solo para entender los efectos. Por pura profesionalidad. No
se debe anestesiar a la gente sin saber lo que se siente, no es responsable. Freud
también lo hacía. Es todo un viaje. Cuando entra en mis venas me evaporo, poco
a poco, me hago uno con el aire y desaparezco. Pero la vuelta es la mejor parte.
Me condenso en un cumulonimbo y lluevo sobre mí mismo. Me recompongo gota a
gota. No hago locuras, lo tengo bastante controlado, pero alguna vez se me ha
ido un poco la mano. Desde entonces voy con mucho más cuidado. Un descuido
puede hacer que no vuelva. Si no vuelves no es un viaje, es una mudanza. Y de
momento no tengo intención de mudarme.
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