martes, 29 de junio de 2021

Ser un sir. AQG

 

Soy anestesista. Un buen anestesista. De los mejores diría. Soy tan bueno que si hubiera un premio al anestesista del año lo ganaría. O cómo mínimo estaría nominado. Pero no lo hay, que yo sepa. Hacen falta premios así, porque anestesiar no es sencillo y merece reconocimiento. Para ser anestesista hace falta estudiar, estudiar mucho. Es un gran esfuerzo. Yo no empecé por vocación. Tiraba más a letras, pero mi padre fue muy convincente. Y menos mal, porque este es un trabajo útil, un trabajo de verdad. Me gusta. No hay nada mejor que el silencio del hospital, la calma que refleja la luz entrando por los grandes ventanales, el olor de una bata nueva o el tacto de la aguja entrando en la piel.

Ver el trabajo bien hecho es la mejor parte. Los anestesistas inexpertos cometen fallos, a veces se les despierta un paciente en mitad de la operación. Lo he visto alguna vez. Qué vergüenza. A mí jamás. Por eso me encargo yo mismo de mezclar los fármacos. Ya estoy muy mayor como para pasarme a los métodos modernos. Pocos valoran eso hoy en día. Pero mis manías tienen raíces demasiado profundas. Antes era otra cosa. Era una profesión de prestigio. Hace no tanto digo. En el siglo XIX, podían practicarla solo los mejores científicos. Ilustres como John Snow. De hecho, la reina Victoria le nombró sir por tratarla con cloroformo durante el parto. Imagina que honor, ser un sir. Tener el respeto de todo el mundo. Si me nombraran sir anestesiaría siempre con un monóculo. Un sombrero de copa me parece excesivo. Pero un monóculo sería perfecto. Un pequeño toque de distinción. No sé si los sir llevan monóculo, pero yo lo llevaría. Redondo y perfecto sobre el ojo derecho. O el izquierdo, no sé, da igual. Sería mi pequeño sello. Mi marca personal.

Otros abren cuerpos, desatascan arterias, meten o sacan órganos, empalman pequeños conductos entre sí y cosen todo junto para que no se derrame. A mí todo eso no me interesa, parece banal. Son más fontaneros o carniceros que médicos. Espero que no se me malentienda, sé que es un trabajo necesario. Pero la anestesia requiere finura y sutileza, es un arte. Les doy el trabajo medio hecho. Les pongo el cuerpo inerte sobre la camilla que es lo más difícil. Tocar el botón de pausa de una persona. Cualquiera puede ser el carnicero del quirófano, pero anestesiar, anestesiar requiere precisión de alquimista.

La mayoría no entiende esto de la anestesia. Algunos lo llaman dormir. Me da la risa cada vez que lo oigo. Yo no duermo a nadie, no soy hipnotista. Dormir es muy diferente. Quien confunde las dos cosas es porque nunca ha estado anestesiado. Cuando duermes sueñas, te enamoras, tienes aventuras eróticas, te cabreas o te caes desde sitios altos. Nada de eso pasa con la anestesia. Cuando estás anestesiado no sientes nada, es como no estar, es como morir, pero solo por un ratito. Un ticket de ida y vuelta a la muerte. Me siento como Caronte, llevando y trayendo a gente del hades. Anestesia viene del griego, significa literalmente la negación del sentir, me lo dijo un paciente, un chico joven, estudiante de clásicas. Yo también podría haber estudiado filología, pero entonces no sería anestesista y eso sería una pérdida. Me dijo, no he sentido nada. Y es verdad, no se siente nada. Lo he probado muchas veces. Los días libres en mi casa. Solo para entender los efectos. Por pura profesionalidad. No se debe anestesiar a la gente sin saber lo que se siente, no es responsable. Freud también lo hacía. Es todo un viaje. Cuando entra en mis venas me evaporo, poco a poco, me hago uno con el aire y desaparezco. Pero la vuelta es la mejor parte. Me condenso en un cumulonimbo y lluevo sobre mí mismo. Me recompongo gota a gota. No hago locuras, lo tengo bastante controlado, pero alguna vez se me ha ido un poco la mano. Desde entonces voy con mucho más cuidado. Un descuido puede hacer que no vuelva. Si no vuelves no es un viaje, es una mudanza. Y de momento no tengo intención de mudarme.

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