Sandra ha estado en más accidentes aéreos, pero ninguno se parece a este.
Como anestesista, su trabajo es buscar vida. Tiene que abrirse camino entre el olor a fuego y a carne quemada y revisar los heridos para ver quién puede ser salvado. En un siniestro como este, con el enorme corpachón del hébrido negro ensombreciendo la luz del sol ladera arriba, hay amputaciones terribles, miembros aplastados, cráneos abollados más allá de ninguna reparación. Son piezas de un engranaje destrozado. Su maletín le parece inservible, una pequeña bolsa de cuero repleta de ampollas. Para ella son pesos que la mantienen en el suelo y evitan que salga corriendo.
Su trabajo no es agradable, piensa mientras una llamarada sale de la nada, los últimos estertores de la bestia. Los uniformes rasgados, la peste acre a azufre, las piezas metálicas que han perdido el plateado para pasarse al negro carbón… todo conforma un escenario en el que ella no termina de entender qué puede hacer. “¿Quién debe dormir, pero quién debe dormir para volver a despertarse?”, le habían enseñado en la Escuela de Sanación de Bilbao. Ella no tiene claro que ninguno de los supervivientes quiera volver a abrir los ojos. Rememorarían la caída, las alas destrozadas, hechas jirones, el sonido del vacío presionando sus tímpanos. Ellos iban a salvar a otros y ahora necesitan ser salvados. El dragón abatido, además, es especialista en vuelos sobre el mar. En el cuartel no entendían qué había podido pasar para que terminara en la ladera de un monte.
Sandra no cree que pueda salvar a los heridos. Conoce el procedimiento. Acercarse a un herido, ponerle las manos en el cuello para valorar sus constantes vitales, identificarse como la dormidora oficial del Ala Norte del Ejército del Aire y suministrar la sustancia. El mundo desaparecería para el pobre desgraciado mientras se le trasladaba a un hospital de campaña. Y vuelta a empezar. A otros los dormirá para siempre. La caída habrá terminado para ellos.
No es un trabajo agradable, pero alguien tiene que hacerlo.
“Vamos, Sandra, adelante”, se dice.
Pero antes de dar un paso, escucha un grito de alarma. Los escudos ignífugos de sus guardaespaldas la rodean, mientras ella sigue de pie en medio de lo que parecía un accidente pero ahora descubre que es un ataque. Parece un dragón francés, un príncipe galo, ha vuelto a cobrarse su presa. Escucha los cánticos de guerra de su tripulación, entonando la Marsellesa sobre el atronar de los fusiles de asalto. Divertida, recuerda lo que leyó en la instrucción: a los príncipes galos les gusta llevarse la cabeza de los ejemplares abatidos en combate aéreo.
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