Hipócrita, dijo. Estábamos pasando un febrero particularmente frío. 28 días de dedos agarrotados y bocanadas de aire que crujían en los pulmones. Ese miércoles hablábamos del invierno y del fin del invierno, y ella negó con la cabeza y dijo que en el Mediterráneo el invierno era hipócrita.
— Creo que eso no es lo que quieres decir.
Irina se encogió de hombros y siguió dale que dale con la escoba.
Siempre estaba dale que dale con la escoba y soltando aquellas palabras que no sé de dónde había sacado. Venía a casa por las mañanas, barría, recogía los juguetes de Andrés, limpiaba a fondo la ducha, las ventanas, el desagüe de la pila. Antes de venir a nuestra casa había venido de Rusia, pero de eso hacía ya unos años. Era de un pueblo de Siberia de nombre inesperadamente sencillo, que yo me las había arreglado para olvidar. Un día le pregunté por qué había venido.
— En Rusia no se pueden cometer errores.
Respondía, y seguía con su escoba. Tris, tras, sin sonreír. Decía que en España sonreímos demasiado.
Irina enseñaba a Andrés canciones en ruso, que el niño cantaba cuando ella ya se había ido. Se deslizaba por la casa como un gorrioncillo que ha encontrado el nido que otro pájaro abandonó el año anterior. Moldea las frágiles ramitas, lo mantiene caliente. Cuando se despedía, la casa quedaba impoluta, y ella cubierta de una fina capa de sudor y polvo. Se llevaba nuestra suciedad con ella.
Yo trabajaba desde casa. Le pedía que no encendiera el aspirador si tenía una reunión, le dejaba mi taza de café sucia en la cocina recién fregada. A ratos, me sentaba en el sillón y la observaba en su trajín de limpieza. Le contaba la última discusión que había tenido con mi jefe, lo mala que había salido la televisión que habíamos comprado, o cómo nos afectaba la subida del Euríbor. Me desahogaba con ella, renegaba. Una psiquiatra a domicilio a diez euros la hora. Ella asentía con la cabeza. A veces, intervenía.
— No está bien que jefe te trate así.
— Quieres decir tu jefe.
Solía olvidar palabras o añadirlas donde no tocaba.
Cada mañana, Irina acompañaba a Andrés hasta la parada donde lo recogía el autobús del colegio. Yo los miraba desde la ventana de mi estudio. Irina y Andrés, cogidos de la mano, formando una cadena que solo se rompía cuando no tenían más remedio. El resto de niños comenzaron a subir, y ella hizo algo nuevo. Se agachó hasta quedar a la misma altura que mi hijo y lo abrazó, con cuidado, como quien abraza un recuerdo. Se quedaron así varios segundos, dos abrigos de plumas entrelazados, hasta que el conductor los apremió para que se despidieran.
Al subir a casa, le pregunté el por qué de aquel abrazo, quise saber si le pasaba algo a Andrés.
— Es que a veces me recuerda a mi Mijaíl, ¿sabe?
— ¿Mijaíl?
— Sí. Se quedó en Siberia —se puso el delantal, lo anudó con manos hábiles a la espalda—. Y allí hace frío de verdad.
Se dio la vuelta y cogió la escoba. Tris, tras.
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