lunes, 19 de julio de 2021

Roto

Roto.

Así se encontró Eva el cristal del portafotos al sacarlo de la enorme caja de cartón.

Odiaba las mudanzas accidentadas, odiaba embalar trastos inútiles y odiaba esa necesidad imperiosa de trasladarlos de un lugar a otro como quien lleva a cuestas un lastre de recuerdos inservibles.

También odiaba su mal humor.

Al deslizar la yema de los dedos por la grieta que surcaba el vidrio sintió que la piel se le abría en dos. Pero nada pareció brotar de su mano ni la sangre tiñó la imagen que le ofrecía el papel.

Se escudriñó la palma, sorprendida y extrañada.

Quizás era la piel del alma. Abierta, como las aguas de un mar muerto. Como el espinazo de un animal apaleado en cualquier matanza salvaje y cruel.

La fotografía había sido tomada veinte años atrás: uniformes de colegio grises, calcetines de invierno hasta las rodillas, baberos a rayas azules y verdes, zapatos de suela de goma, abrigos oscuros y pupitres por doquier. Un jardín de infancia expectante a las inclemencias de la edad adulta.

Porque sí. Roto.

Así era como había quedado el futuro de algunos.

Roto del todo en ciertos casos. Meramente resquebrajado en otros.

Rotos los veintinueve años de Javier por cientos de miles de células malignas asediando cada rincón de su cerebro. Rotos los veintitrés de Marta, que quiso chocolate dos tardes antes de acudir a su propio funeral. Rota la moto de Carlos en un cruce de avenidas, rotos sus padres, roto en vida para siempre quien no supo frenar. Rota aún hoy Blanca, que ya no tiene madre. Rota Martita, que se casó con Javier, y rotos sus ojos que siguen mirando pero ya no ven.

Roto.

Todo. Tarde o temprano.

Todas las vidas se fisuran en algún momento. De una forma lacerante y aguda, o bien llevadera y soportable, pero todas. El azar y la suerte. Los dados de un tablero. Todo empieza siendo un jardín de brotes tiernos y termina convirtiéndose en una selva hostigada por destemplanzas que rebotan en un tambor. Un tambor que da vueltas. Las vueltas que da la vida. La vida y sus retos. Nosotros faquires. ¿Cuál me toca a mí?.

Roto.

Así se encontró Eva el cristal del portafotos al sacarlo de la enorme caja de cartón.

Odiaba las mudanzas accidentadas, odiaba embalar trastos inútiles y odiaba esa necesidad imperiosa de trasladarlos de un lugar a otro como quien lleva a cuestas un lastre de recuerdos inservibles.

También odiaba no haber visto antes la fotografía de la universidad, ahí al final de la caja, oculta entre más trastos múltiples y variopintos.

El cristal no estaba resquebrajado.

Todos seguían vivos.

Porque no todo se rompe.

Ni todo lo que se rompe permanece así por siempre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

El océano escarlata

Perdido en un océano escarlata. La arcilla carmesí me abraza, me confunde. Las pinceladas parecen hechas por un niño de cuatro años, ese des...