Roto.
Así se encontró Eva el cristal del portafotos al sacarlo de
la enorme caja de cartón.
Odiaba las mudanzas accidentadas, odiaba embalar trastos
inútiles y odiaba esa necesidad imperiosa de trasladarlos de un lugar a otro como
quien lleva a cuestas un lastre de recuerdos inservibles.
También odiaba su mal humor.
Al deslizar la yema de los dedos por la grieta que surcaba
el vidrio sintió que la piel se le abría en dos. Pero nada pareció brotar de su
mano ni la sangre tiñó la imagen que le ofrecía el papel.
Se escudriñó la palma, sorprendida y extrañada.
Quizás era la piel del alma. Abierta, como las aguas de un
mar muerto. Como el espinazo de un animal apaleado en cualquier matanza salvaje
y cruel.
La fotografía había sido tomada veinte años atrás: uniformes de
colegio grises, calcetines de invierno hasta las rodillas, baberos a rayas
azules y verdes, zapatos de suela de goma, abrigos oscuros y pupitres por
doquier. Un jardín de infancia expectante a las inclemencias de la edad adulta.
Porque sí. Roto.
Así era como había quedado el futuro de algunos.
Roto del todo en ciertos casos. Meramente resquebrajado en
otros.
Rotos los veintinueve años de Javier por cientos de miles de
células malignas asediando cada rincón de su cerebro. Rotos los veintitrés de
Marta, que quiso chocolate dos tardes antes de acudir a su propio funeral. Rota
la moto de Carlos en un cruce de avenidas, rotos sus padres, roto en vida para siempre
quien no supo frenar. Rota aún hoy Blanca, que ya no tiene madre. Rota Martita,
que se casó con Javier, y rotos sus ojos que siguen mirando pero ya no ven.
Roto.
Todo. Tarde o temprano.
Todas las vidas se fisuran en algún momento. De una forma
lacerante y aguda, o bien llevadera y soportable, pero todas. El azar y la
suerte. Los dados de un tablero. Todo empieza siendo un jardín de brotes tiernos
y termina convirtiéndose en una selva hostigada por destemplanzas que rebotan en
un tambor. Un tambor que da vueltas. Las vueltas que da la vida. La vida y sus
retos. Nosotros faquires. ¿Cuál me toca a mí?.
Roto.
Así se encontró Eva el cristal del portafotos al sacarlo de
la enorme caja de cartón.
Odiaba las mudanzas accidentadas, odiaba embalar trastos
inútiles y odiaba esa necesidad imperiosa de trasladarlos de un lugar a otro como
quien lleva a cuestas un lastre de recuerdos inservibles.
También odiaba no haber visto antes la fotografía de la universidad,
ahí al final de la caja, oculta entre más trastos múltiples y variopintos.
El cristal no estaba resquebrajado.
Todos seguían vivos.
Porque no todo se rompe.
Ni todo lo que se rompe permanece así por siempre.
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