martes, 27 de julio de 2021

El océano escarlata

Perdido en un océano escarlata. La arcilla carmesí me abraza, me confunde. Las pinceladas parecen hechas por un niño de cuatro años, ese descuido con el que están trazadas, parecen manchas de sangre arrastradas por un animal herido. No existe la geometría en esta pintura, este monumento de color cereza, todo está lleno de incertidumbre y plagado de duda.

Es un presagio, o parece ser un presagio, de alguna catástrofe que va a suceder. Me fijo y lo veo, ese rojo que chilla entre dientes, ese color que despierta las alarmas interiores en lo más profundo de mi ser, el responsable de mi pequeña guerra civil al observarlo.

La gente pasa y no se inmuta. ¿Por qué no se inmutan? Hay una señora de 80 años al lado mío, parece una babushka de aquellas rusas con el pelo gris y un moño en la cabeza de color amarillo. Hay un niño de 8 años a mi izquierda, sentado en el taburete. Ni siquiera se ha fijado en el cuadro, parece que nadie lo viera, que es invisible. Yo tengo la desgracia de verlo, me siento maldito como Prometeo con la tentación de entregarle el fuego a los mortales, late la hoguera y la alabo como un fanático, el mortal soy yo, me entrego el fuego a mi mismo.

Ansío ir más allá, incluso, de estas tentaciones. Adentrarme en la hipnotizante brasa, sucumbir a sus deseos oscuros. Me quitaría primero los zapatos mientras que observo la candelada cereza, luego los pantalones y la camiseta mientras huelo el ardor de la madera, el refugio de mis penas se encuentra en este incendio. Finalmente me desnudo y me adentro en el cuadro, este infierno de granate se siente cálido, tan cálido, no como el frio que he sentido toda mi vida, no como el gélido abrazo de los días pasados.

Las llamas parecen dos dragones elevándose por encima del cuadro, se posan como arcos y abren las fauces llenas de colmillos fogosos, respiran secretos. Me llaman por mi nombre, ¿Cómo lo saben? Su rugido es una brújula, me guía a la caldera.

  

Museo. Un cuadro azul.

El cuadro que yo iba a ver era rojo. Lo sabía, como sé mi nombre o el camino que lleva a casa. Que el cuadro era rojo es la verdad. Una verdad pura, inmutable, la superficie helada de un lago al que se ha cortado el acceso. La verdad hecha rectángulo, colgada en la pared. La verdad, a la vista de cualquiera que entre al museo, y se interese por la exposición del tercer piso. La verdad, roja. Rojo cereza, rojo sangre, rojo carmín, cualquiera de esos apellidos con los que Elisa adornaba los colores. Colores que eran rojo, al fin y al cabo, y que no necesitaban más. Así lo era el cuadro. 

Pero el cuadro que tengo delante no es rojo. Es azul. El cuadro es azul.


Entierro el rostro entre las manos y me restriego los ojos hasta ver pequeñas luces, el firmamento atrapado en mis párpados. Pienso si me estaré quedando ciego. Abro los ojos. No me he quedado ciego y el cuadro es azul.

 

Me lamento de haber entrado al museo. No iba a hacerlo. Pasaba cerca, de camino a recoger unas camisas, y una serie de coincidencias me han animado a pagar la entrada. Hoy es miércoles, como aquel día, y llueve, como aquel día. Eso es todo. Me ha parecido suficiente. Esa justificación hueca me ha valido para franquear la puerta de cristal y dirigirme a la sala del tercer piso. Porque soy como una mosca, y me vale que sea miércoles, y que llueva, para acudir a esos recuerdos que otros despreciarían, disfruto de la sutil dulzura del dolor en descomposición. Como una mosca, vuelvo, siempre, a lo pasado, recupero lo que habría que dejar estar. Y ahora el cuadro es azul. 


Aquel miércoles que llovía el cuadro era rojo y Elisa lloraba. Las lágrimas le caían mejilla abajo, se desprendían al llegar al suave acantilado de su mandíbula. Yo hice torpes malabarismos con una frase que no quería decir, pero que debía decir. Al final salió, atropellada, y ella se fue de allí sabiendo que me esperaban otras mejillas y otra mandíbula, y que acababa de reescribir nuestra historia en la sala de un museo. 


¿Seguiría siendo rojo el cuadro de no encontrarme allí? Yo, que debía de estar en la tintorería, pero que no lo estaba. Por mi obsesión con el regreso constante, con juguetear con los recuerdos, como si tuvieran algo nuevo que devolverme. Ahora el cuadro es azul y, allí colgado, se me antoja repugnante. He lanzado un guijarro al pasado, y el fino hielo del lago se quiebra. Toda mi historia se precipita hacia delante, se deslavaza. De repente, nada está a salvo. Porque todo es presente, y si el cuadro es azul, también es azul el pasado. Y si el cuadro es azul, quizás no era miércoles, quizás no llovía, quizás era Elisa la que hacía malabares para decir lo que debía decir pero lo que no quería decir, era ella la que pensaba en otras mejillas y en otra mandíbula, y no era ella la que lloraba, sino que lo era yo.

domingo, 25 de julio de 2021

MUSEO

 

MUSEO


No me gustan las entrevistas. Se lo dije a Cristel. Me preguntarán y me preguntarán hasta desgastarme, y como polvo de piedra no sabré reponerme. No sabré.


Todo gira alrededor de lo otro, pocos se muestran interesados en la verdadera importancia de lo que mueve al hecho de pintar así. La tendencia. El movimiento neurótico de búsqueda. La fuente inabarcable de sufrimiento insatisfecho que desbordada desaparece en un riachuelo de lodo y mosquitos. Eso es lo que importa. Mucho más que la inercia y el peso que te obliga a precipitarte sobre el color. La tendencia. La nueva grieta por la que detonar la piedra. La estupidez nacarada que justifica en si misma el brillo que ella misma proclama, un brillo espasmódico, y la ansiedad progresiva encerrada en una modernidad de camiseta.


Hoy no llueven Kafkas. Está todo quieto. La lluvia pausada empapa los cuerpos para que se presten atención, para que se sientan, para que bajen la mente a la altura del pecho y bombeen allí una verdad casi sincera.


Fuera se celebra la fiesta de la democracia. Cualquiera puede votar para que esto se mantenga igual, sin cambios aparentes. Yo estoy aquí sentado ante esta obra que es arte porque está aquí. Los engreídos dicen que es arte porque tú lo haces arte, y que el artista es un vínculo. Esto no me vincula a nada más que a la risa. Me entra la risa mirando esta obra “AZUL”, heredera de la corriente monocromática que se mofó de los mismos esquemas viejos que hoy nos empeñamos en volver a exaltar. Qué risa. Como la moda, que siempre vuelve a la paleta de estupideces y aciertos que necesitamos para existir. Es difícil mirar AZUL y no pensar en la estupidez -¿no crees?-, en la justificación de cualquier moda necesaria para mover de nuevo la rueda de la fortuna.


No me gustan las entrevistas. Puede que me pregunten alguna simpleza y pueda responder con sarcasmo.


Hay una historia detrás de todo esto. Hay algo submarino que impregna de viscosidad acuosa cada rincón de la obra. La sal aparece en la boca. La luz entreabierta se filtra entre las corrientes móviles del plancton turbio. Hay una falta de oxigeno hacia la superficie. El sol huye cansado dejando la profundidad abandonada y en lo oscuro, si hay peces distraídos mirando en las sombras. Hay una búsqueda asfixiante,casi asmática, por estar en esa élite que decide lo que debe ser y no ser entre burbujas y orificios.


Fuera se celebra la fiesta de la democracia. Yo quise votar ayer por correo para que no sirviera, en blanco. Me preguntarán y odio las entrevistas. Seguro que no se dan cuenta. La GRAN OBRA DE ARTE esconde los matices, los defectos disimulados, la frustración. No se darán cuenta. Es un detalle demasiado sutil como para cambiar de repente una entrevista preparada, una exposición, toda la piel de un personaje.


Tendría que haber rajado el cuadro por la mitad. Como una herida azul que busca la sangre rebelde y se queda seca. Como el tiempo azul cortado por un destino inaprensible que pretende avisarnos. Como una boca mostrándose oblicua en una mueca burlona que desprecia nuestra soberbia de cultura prêt-à-porter.


¿Hay una historia detrás de esto? Tal vez solo la prisa. La desidia. La pereza pastosa del encargo, como una clase por dinero que no me interesa dar. Tal vez la venganza hacia el desprecio que recibí y que todavía me revuelve, entre el oropel, con terciopelo pegado a las paredes de mi garganta. No toso sangre pero me ahoga.


Miro mi obra. AZUL. Y me dispongo a mentir de nuevo. Nadie sabe nada de mi porque no estoy nunca. Mi obra está de moda. Yo no. Nadie se dará cuenta de la raya que acabo de pintar con un rotulador rojo mientras el de seguridad no me vigilaba. Es su obra, ¿Cómo va a perpetrar cualquier acto vandálico? Habrá pensado para si con ese lenguaje anquilosado de la seguridad.


Mañana los titulares no hablarán de rayas rojas sino de “resultados satisfactorios”, de “no cambies nunca,Presidente,Presidente” y de “voy a gobernar para todos”. Jamás tendría que haber aceptado esto. Ha sido un pozo amargo. Tendría que haber sido fiel a los maestros Incoherentes. Dejar el lienzo vacío y titularlo Todo se fue con la riada del 57.


Pero no. El pintor de la profundidad trascendente. El artista que desnuda sin escrúpulo la desorientada superficialidad postmoderna con su azul abisal. No. El artista más incisivo de la nueva vanguardia no puede abandonar su alegato. No puede ser mortal y simple. Él, no. ¿Y tú?


Voy a pintarme algunas rayas en la cara a ver si pillan la indirecta. Tal vez tenga suerte y la periodista se confunda de sala o de mesa electoral.


Nadie verá la raya roja. Como los indígenas americanos no vieron llegar los barcos españoles porque no sabían lo que eran. Tal vez Cristel. Por algo es la única que sabe. Me la imagino con un pañuelito mojado en saliva intentando borrarla furtivamente mientras los demás se vanglorian de la impresionante belleza profunda de este mamotreto de 3x5;15 metros cuadrados.


La periodista ha llegado atolondrada. Me saluda con un gesto amable y se queda boquiplática ante el cuadro abriendo los brazos.


- Háblenos de su magnífica obra, señor Hornick. ¿Es cierto -pregunta entusiasmada- que pretende denunciar la indefensión de las minorías de rayas rojas ante la implacable dictadura azul de lo establecido?


- Exactamente. Es como una fiesta de la Democracia.


martes, 20 de julio de 2021

Rimbombante

 

La palabra rimbombante suena como una pelota llena de aire rebotando en un túnel largo y vacío, las erres y las bs se pegan a las paredes mientras la pelota va subiendo y bajando. Suena como un tambor de madera haciendo eco en una cueva, cada silaba es un golpe seco en el parche. 

La palabra rimbombante está llena de rimbombancia. Al decirla sus letras se iluminan como si fueran de neón, son chillonas y enfáticas. Al oírlas suenan fuera de lugar, con un sonido propio de esos adjetivos de otra época, en la que el lenguaje se cuidaba de explicarlo todo, de ser lo más especifico posible en sus descripciones, antes del pragmatismo de la modernidad.

En cuanto a su significado, debo admitir que cuando la escucho no puedo evitar pensar en monarcas y juglares en antaño con sus túnicas de color verde, rojo y amarillo, luciendo sus coronas y sus anillos dorados, bañados en privilegio. Es una palabra que comunica jerarquía, estatura. Es un sonido que arremete contra el que lo escucha, (RIMBOMBANTE) lo arrincona en una habitación oscura y se presenta como un rubí voluptuoso que ilumina todo con su ostentosidad.  

Rim-bom-ban-te, cada silaba es una vena que se dilata y se contrae, la sangre corre por ella y se coagula. Un globo aerostático respira al son del fuego, inflándose y desinflándose como un gigante ofendido. Se estrella contra el pico rocoso y se despedaza, rebotando sobre el acorazado acantilado, cayendo como un espectro, estirándose sobre las piedras y los árboles.  Una burbuja nada en el lago celeste, rodeada por bolas de algodón. La burbuja se explota, como un átomo se divide en múltiples formas. Con cada silaba la burbuja se vuelve 7, no 10, no 30 burbujas mas pequeñas, cada golpe del tambor marca un son de destrucción y reconstrucción de la materia.

 

Hipócrita

Hipócrita, dijo. Estábamos pasando un febrero particularmente frío. 28 días de dedos agarrotados y bocanadas de aire que crujían en los pulmones. Ese miércoles hablábamos del invierno y del fin del invierno, y ella negó con la cabeza y dijo que en el Mediterráneo el invierno era hipócrita.

— Creo que eso no es lo que quieres decir.


Irina se encogió de hombros y siguió dale que dale con la escoba. 


Siempre estaba dale que dale con la escoba y soltando aquellas palabras que no sé de dónde había sacado. Venía a casa por las mañanas, barría, recogía los juguetes de Andrés, limpiaba a fondo la ducha, las ventanas, el desagüe de la pila. Antes de venir a nuestra casa había venido de Rusia, pero de eso hacía ya unos años. Era de un pueblo de Siberia de nombre inesperadamente sencillo, que yo me las había arreglado para olvidar. Un día le pregunté por qué había venido.


— En Rusia no se pueden cometer errores.


Respondía, y seguía con su escoba. Tris, tras, sin sonreír. Decía que en España sonreímos demasiado. 


Irina enseñaba a Andrés canciones en ruso, que el niño cantaba cuando ella ya se había ido. Se deslizaba por la casa como un gorrioncillo que ha encontrado el nido que otro pájaro abandonó el año anterior. Moldea las frágiles ramitas, lo mantiene caliente. Cuando se despedía, la casa quedaba impoluta, y ella cubierta de una fina capa de sudor y polvo. Se llevaba nuestra suciedad con ella.


Yo trabajaba desde casa. Le pedía que no encendiera el aspirador si tenía una reunión, le dejaba mi taza de café sucia en la cocina recién fregada. A ratos, me sentaba en el sillón y la observaba en su trajín de limpieza. Le contaba la última discusión que había tenido con mi jefe, lo mala que había salido la televisión que habíamos comprado, o cómo nos afectaba la subida del Euríbor. Me desahogaba con ella, renegaba. Una psiquiatra a domicilio a diez euros la hora. Ella asentía con la cabeza. A veces, intervenía. 


— No está bien que jefe te trate así.
— Quieres decir tu jefe. 


Solía olvidar palabras o añadirlas donde no tocaba. 


Cada mañana, Irina acompañaba a Andrés hasta la parada donde lo recogía el autobús del colegio. Yo los miraba desde la ventana de mi estudio. Irina y Andrés, cogidos de la mano, formando una cadena que solo se rompía cuando no tenían más remedio. El resto de niños comenzaron a subir, y ella hizo algo nuevo. Se agachó hasta quedar a la misma altura que mi hijo y lo abrazó, con cuidado, como quien abraza un recuerdo. Se quedaron así varios segundos, dos abrigos de plumas entrelazados, hasta que el conductor los apremió para que se despidieran. 


Al subir a casa, le pregunté el por qué de aquel abrazo, quise saber si le pasaba algo a Andrés. 


— Es que a veces me recuerda a mi Mijaíl, ¿sabe?
— ¿Mijaíl?
— Sí. Se quedó en Siberia —se puso el delantal, lo anudó con manos hábiles a la espalda—. Y allí hace frío de verdad. 


Se dio la vuelta y cogió la escoba. Tris, tras.


lunes, 19 de julio de 2021

Como 100.000 lúmenes

 Ella es intensa como una linterna de 100.000 lúmenes.

Si fuese actriz llenaría la pantalla, arrasaría con la cuarta pared. Sería panorámica. Pero no ocupa más espacio que el inmediatamente superior a su silla de funcionaria.

Ella es intensa como Jorge Berrocal preguntando “¿Quién me pone la pierna encima?”. Como una hora haciendo Crossfit (que ni sé cómo se escribe). Como el cacao.

Intensa como aprender un idioma en tres semanas, como correrse juntos, como el mar en pelotas.

Ella es intensa como una canción de Camilo Sesto, como la vida de Charlie Sheen, como Apocalipsis Now, como Aragorn, hijo de Arathorn, rey de los hombres (que no de las mujeres), heredero de Isildur y su largo etcétera.

Intensa como Hugáceo Crujiente, como Ofelia de Masterchef 9. Como un flash de limón.

Una vez llamó a mi puerta y se le abrieron todas.

Es intensa cuando camina, cuando pisa, cuando rompe el suelo.

Ella es tan intensa que debería llamarse Amperio, pero ni siquiera se llama Amparo. Es tan intensa como un amanecer. Si eres un vampiro.

Decibelios, risotadas, lagrimones y padrastros. Amplitud de onda kilométrica en una cintura inexistente. Una ZAS de 45 kilos.

Es tan intensa que cuando duerme le tiembla la cara, como un mar en calma en el que podrías ahogarte. Creo que, además, es hipertensa.

Ella es extensa.


Como 100.000 lúmenes.


Ella es intensa.


Y yo no.

Roto

Roto.

Así se encontró Eva el cristal del portafotos al sacarlo de la enorme caja de cartón.

Odiaba las mudanzas accidentadas, odiaba embalar trastos inútiles y odiaba esa necesidad imperiosa de trasladarlos de un lugar a otro como quien lleva a cuestas un lastre de recuerdos inservibles.

También odiaba su mal humor.

Al deslizar la yema de los dedos por la grieta que surcaba el vidrio sintió que la piel se le abría en dos. Pero nada pareció brotar de su mano ni la sangre tiñó la imagen que le ofrecía el papel.

Se escudriñó la palma, sorprendida y extrañada.

Quizás era la piel del alma. Abierta, como las aguas de un mar muerto. Como el espinazo de un animal apaleado en cualquier matanza salvaje y cruel.

La fotografía había sido tomada veinte años atrás: uniformes de colegio grises, calcetines de invierno hasta las rodillas, baberos a rayas azules y verdes, zapatos de suela de goma, abrigos oscuros y pupitres por doquier. Un jardín de infancia expectante a las inclemencias de la edad adulta.

Porque sí. Roto.

Así era como había quedado el futuro de algunos.

Roto del todo en ciertos casos. Meramente resquebrajado en otros.

Rotos los veintinueve años de Javier por cientos de miles de células malignas asediando cada rincón de su cerebro. Rotos los veintitrés de Marta, que quiso chocolate dos tardes antes de acudir a su propio funeral. Rota la moto de Carlos en un cruce de avenidas, rotos sus padres, roto en vida para siempre quien no supo frenar. Rota aún hoy Blanca, que ya no tiene madre. Rota Martita, que se casó con Javier, y rotos sus ojos que siguen mirando pero ya no ven.

Roto.

Todo. Tarde o temprano.

Todas las vidas se fisuran en algún momento. De una forma lacerante y aguda, o bien llevadera y soportable, pero todas. El azar y la suerte. Los dados de un tablero. Todo empieza siendo un jardín de brotes tiernos y termina convirtiéndose en una selva hostigada por destemplanzas que rebotan en un tambor. Un tambor que da vueltas. Las vueltas que da la vida. La vida y sus retos. Nosotros faquires. ¿Cuál me toca a mí?.

Roto.

Así se encontró Eva el cristal del portafotos al sacarlo de la enorme caja de cartón.

Odiaba las mudanzas accidentadas, odiaba embalar trastos inútiles y odiaba esa necesidad imperiosa de trasladarlos de un lugar a otro como quien lleva a cuestas un lastre de recuerdos inservibles.

También odiaba no haber visto antes la fotografía de la universidad, ahí al final de la caja, oculta entre más trastos múltiples y variopintos.

El cristal no estaba resquebrajado.

Todos seguían vivos.

Porque no todo se rompe.

Ni todo lo que se rompe permanece así por siempre.

domingo, 18 de julio de 2021

J.


Jocoso ha sido siempre un niño absolutamente normal.

Así se lo endiñó su padre al director del colegio cuando éste le cuestionó las capacidades de su hijo disperso.

Ha entonado con ardor el himno patrio y ha vestido regio el uniforme azulón de los hijos bravos, remató con la voz en grito.

Jocoso fue un niño normal,sí, aunque no se podría afirmar con absoluta certeza, a pesar de su padre, pues la normalidad acoge con recelo a cualquiera que lleve en si tan significativo epíteto.

Su paso por el colegio, un anticipo profético de su vida posterior, fue totalmente paradójico. Tan conocido por todos y tan poco apreciado por nadie. Ni siquiera su primo Fruncido aguantó a su lado mucho más que un saludo breve y esquivo.

Nadie le llamó por su nombre. El profesor de gimnasia le llamaba Juncoso, como su mujer la de Naturales, tal vez por su aspecto espigado y lacio. Y la de Legua, a quien se le suponía un gran amor filológico por las palabras, tuvo a bien llamarle Tú, con tilde diacrítica. Los demás simplemente no le preguntaban por no pronunciar su nombre. Incluso el Conserje, gato viejo, se limitó a decirle Ehtuchaval en público y Campeón en privado.

Jocoso jamás oyó su nombre. Algunos considerados le llamaron ocasionalmente Gracioso,Juguetón,según el contexto,El Gracia...Hasta un vendedor de colchones italiano se brindó a llamarle Gio, en hipocorístico, tras un breve inicio prometedor que acabó con el decepcionante Giovanotto.

Cuando cumplió la mayoría de edad, Jocoso decidió cambiarse de nombre en un intento poético por ser reconocido. Se puso Juan, por aquello de mantener al menos su Jota inicial, y todo fue mejorando. Los nuevos conocidos, aún con un recelo misterioso, empezaron a llamarle Juan, Juanito, Juanín, Juanitín...y aquello abrió su esperanza hacia la vida próspera que jamás había tenido: Juan Gracia, ciudadano.

Y sí, tuvo una próspera y longeva vida ciudadana hasta que se murió y lo enterraron.

Hoy, tanto tiempo después, su tumba continua siendo la más visitada del Cementerio de los Cármenes, todo un reclamo, por la peculiaridad que acuñó el grabador de su lápida:


                                                       “Descansa en paz

                                                            Guan Gracia

                                                    Tus amigos no te olvidan”

 

martes, 13 de julio de 2021

Boca

Del primer impacto que recibí sobre ella no recuerdo casi nada.

Del segundo lo recuerdo todo.

El tercero no llegó a producirse nunca, pero estuve esperándolo durante cinco largos segundos y el miedo aún me abraza, cargante y pegajoso.

Fauces, pico, morro, jeta, bocacha, hocico. Me encantan los sinónimos. Son como segundas oportunidades para comprender algo, así que todo lo que pasa en la vida debería tener un sinónimo asignado por si no entendemos su significado.

Del primer impacto quizás recuerdo que mi boca se balanceaba a escasos centímetros de la esquina de una mesa. El olor a infancia, a Tom y Jerry decolorados en una camiseta de verano ajada por el sol y a mi madre acechando con ojos de fiscal inquisidor. Luego tan sólo reminiscencias mal ordenadas en un intento absurdo por recuperar la secuencia certera de lo que pasó.

Del primer impacto también recuerdo a aquel hombre vestido de verde que me cosió el labio inferior mientras yo me afanaba en comparar su altura con el cuello de un diplodocus en vez de llorar.

Mi boca tiene desde entonces una señal de haber bregado ya en sus tiernos inicios con las inclemencias de una vida que siempre se acaba complicando incluso más.

Las inclemencias también me gustan, no tanto como los sinónimos, pero te permiten entender muchas cosas. Que la vida tiene el tacto de una roca a la intemperie, por ejemplo, o que en ella no existen en realidad palabras comodín con las que poder comprender todo lo que se nos escapa.

Del segundo impacto recuerdo la emisora de radio a todo trapo. Mi boca intentaba articular bien las estrofas como forma de compensar esa ilusoria manera que tengo de entonar con precisión. Me había puesto brillo de labios y en el interior del coche flotaba un aroma a mentol por el caramelo que mi lengua mecía en abrazos de saliva al compás de la canción.

Del segundo impacto también recuerdo los 120 kilómetros por hora y mis codos sobre el volante, de repente, en tensión. De repente como esa ola que no te esperas y te atiza, paradójicamente, en seco. De repente como el airbag, la conmoción, el choque, la ambulancia y de nuevo mi boca partida en dos.

La inflamación tardó varios días en desaparecer y por primera vez me avergoncé de una parte de mi cuerpo que jamás me había supuesto complejo alguno. Y aquello me recordó que la vergüenza viene siempre de la mano de un adulto, y que la vida está averiada porque crecer parece sinónimo de corromperse.

El tercer impacto nunca existió, pero mi labio inferior, roto por partida doble, lo estuvo esperando con mirada desafiante durante todo aquel tiempo que él tardó en decidirse si hacerlo o no. Si me preguntaseis a mí, fue una eternidad. Si le preguntaseis a él, nunca estuvo allí.

Me gusta mi cicatriz.

Cuando sonrío se hace más grande. Así que sonrío mucho.

Es mi manera de sacarla a relucir a modo de peineta rebelde y desvergonzada. Reír es de los pocos actos de desacato que podría cometer.

Ojos

 

Cuando era pequeño, recuerdo añorar esos ojos que eran como esmeraldas o como zafiros, los que tenían los actores de cine, mis ojos marrones me parecían apagados y sombríos, como dos escarabajos muertos, descansando en las tumbas de las cuencas.

Recuerdo aquellos zafiros y esmeraldas y como brillaban a través la pantalla, todo lo que decían esas miradas penetrantes y como se clavaban en mi como espadas, eran creadoras y destructoras de mundos. Mis ojos no, eran opacos y oscuros, carecían de esa persuasión, de esa danza ritualista y seductora.

Ahora miro mis ojos, y veo lo que no veía antes. Veo dos animales agachados, con un aire melancólico, pero a la vez sereno. Me miran, están listos para saltarme encima en cualquier momento, para despertar de ese océano de incertidumbre y apacibilidad y crisparse como feroces felinos, para erigirse como veloces criaturas capaces de desgarrar lo primero que se encuentren. Ya no creo que mis ojos sean esas dos esferas sin vida que fueron una vez, que carezcan de persuasión, ya no lo veo así.

Ahora veo el iris de la templanza, de la abstinencia, de la prudencia, pero es una fachada. Detrás de esa primera capa de color miel se esconde una peligrosa pupila, impertinente y descuidada, despiadada y desatada, que necesita un centinela que la vigile de su propia naturaleza, la tiranía de la circunferencia, la vigilancia del iris. El iris, ese océano de colores miel y café, esa fachada pintada de marrón, esa mentira dibujada por un ladrón silencioso. 

La pupila baila entre dos mundos, el de las ataduras y el de los desenlaces, el de la represión y el de la libertad. En esos dos círculos despóticos y crueles, víctima de la geometría, se esconde un león de ébano, su custodio está en la puerta, vestido de arcilla.

 

lunes, 12 de julio de 2021

El Estómago

Vuelve a dolerme el estómago. Ya van dos días. Cuando pasa del tercer día es cuando comienzo a darle muchas vueltas. A veces incluso antes. Veo que se acerca el tercer día y empieza a obsesionarme saber que solo me quedan unas horas para empezar a obsesionarme. 

Mi estómago es el reflejo de todo lo malo que llevo dentro. 

Querría comer sin sentir ese dolor en el vientre. Una persona diminuta ha encendido una vela y busca algo entre mi páncreas y mi intestino. Y no se decide a irse. Me vienen a la cabeza mil cosas que querría comer, una cornucopia sin fin en mi mesa del comedor. Tengo tanta hambre que mi estómago se retuerce, se encoge, se curva. Pienso en un pato laqueado, crujiente, tierno, barnizado en soja, y acompañado de esa salsa densa, dulzona, que se pega al paladar. Pienso en tomates rebosantes de jugo, en raviolis salpicados de una fina lluvia de parmesano y limón de Sicilia, en gruesos granos de sal sobre un bizcocho de naranja confitada. Pienso en una torrija gruesa, rezumante de leche, del pan brioche que venden en el horno que abrieron hace unos meses. Pero ahora todo eso está prohibido.

Mi estómago es el espejo de una yo que me avergüenza. 

No siempre es dolor. A veces, mi estómago se cierra. Si tengo que elegir, prefiero el dolor. El dolor es el estrés, es la ansiedad. Cuando se cierra, es que he hecho algo todavía peor. Cuando se cierra, lo que me devora es la culpa. La culpa de colegio católico, que no consigo despegarme. ¿Y qué he hecho ahora? Seguro, algo malo. Algo malo. Mi estómago cerrado me consume por dentro, solo me sirve el agua, se me hunden las mejillas, se lacia el pelo, el olor del ajo y del laurel me ponen enferma. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Intento mirarme por dentro y distinguir lo que he hecho, pero no puedo verlo en su totalidad, intentar percibirlo me duele en los ojos, y no quiero meter a mis ojos en esto. 

Mi estómago es un vigilante que no duerme.

A veces pienso que si dejo de pensar en ello desaparecerá. Como los dioses, el dolor de estómago solo existe cuando crees en él. Quizás se acabe hoy. Eso querría. Pero no. No se acabará hoy. Tampoco mañana. Y mañana ya habrán pasado tres días.


viernes, 9 de julio de 2021

Pieses

Nunca me han gustado los pies. Me parecen todos feos. Horribles. Por eso cuando mis parejas, amigos o, incluso, mi madre me dicen que mis pies son feos pienso: “Como todos”. Pero ahora, mirándolos fijamente por primera vez para realizar esta práctica del curso de escritura de Kike y Bárbara, veo que mis pies son muy muy feos. La virgen.


Se me da tan mal jugar a fútbol que se podría decir que, además de feos, ninguno de mis pies es bueno. Lo cierto es que soy diestro. Soy diestro para todo lo que hago excepto para escribir y masturbarme. Puedes hacerlo TODO con la derecha, que si escribes con la izquierda serás zurdo ante el mundo. A nadie le importa la mano con la que te haces las pajas.

Las uñas de mis pies están largas, otra vez. Parece que fue ayer cuando las corté apoyado en el bidé, tachando la tarea “Cortarme las uñas” de mi agenda. Por entonces no tenía trabajo ni mucho que hacer. Las uñas de mis pies me recuerdan el inexorable paso del tiempo (cliché), que ya son las diez de la noche, que mi perro tiene diecisiete años y que yo tengo treinta y cuatro.

Los dedos de mis pies crecen como agarrotados. Doblados y recogidos en forma de pequeñas garritas, marcando mucho los tendones sobre el empeine, con el dedo gordo desviado hacia dentro. Quizás sea efecto de andar siempre de puntillas. O quizás ande de puntillas porque tengo los dedos así. ¿Quién sabe? ¿A quién le importa?

Hablando del empeine, sobre él nacen cuatro pelillos que me recuerdan al adolescente que proyectaba un hombre peludísimo pero que se quedó en señor moderadamente velludo.


Mis pies, si se puede decir algo bueno de ellos, no suelen oler mal. Alguna vez lo han hecho, pero la culpa ha sido siempre sin duda del calzado. Tampoco me producen dolores, como antes sí hacían. Ventajas de pasar de deportista a carne de oficina.

Todo lo bueno que se puede decir de mis pies es la ausencia de algo malo. Pero, ¿no es acaso eso la felicidad?


En fin, resumiendo, debí haber escrito sobre mis huevos. Tampoco tienen mucho que contar, pero no se me hielan en invierno.

El océano escarlata

Perdido en un océano escarlata. La arcilla carmesí me abraza, me confunde. Las pinceladas parecen hechas por un niño de cuatro años, ese des...