miércoles, 30 de junio de 2021

Avispas de Acero

Las agujas son raras. Pinchan. Escuecen. Me recuerdan a mis 9 años, cuando me mordió una avispa en el jardín de mi abuela. Su mirada áspera decía que lo merecía, pero yo no lograba comprender qué había hecho para ganarme aquel regalo.

Aprendí a no cuestionarlas. A las agujas, digo. Tienen ese porte autoritario que te hace tragar saliva en su presencia y dejar de respirar. Son intimidantes, cuanto menos. Pero yo hago todo por contenerme y mantener la compostura. Imagina si sintieran el cosquilleo en las puntas de mis dedos, o que notaran cómo mi ritmo cardiaco delira cuando las cojo. Qué vergüenza. 

Aun así, creo que los pacientes se ponen mucho más nerviosos. No nerviosos como yo. El temblar de mis manos se debe a pura devoción. Ni se me ocurriría pensar en ellas como unas malignas, mucho menos una amenaza. Ellos tienen un miedo totalmente infundado. Blasfemia, me atrevería a decir.

Pero no pasa nada. Habrá que perdonarlos. Pecan de ignorantes porque no han probado la dulce influencia de la anestesia. Elixir de morfina, haría suspirar a cualquiera. No es coincidencia que todos callen sus suplicas una vez les alcanza la jeringa. Se hacen testigos de la Magnificencia, reverenda Esplendidez. Son emancipados. Libres. 

Ojalá ser libre. Cerrar los ojos y darme enteramente a los narcóticos. No lo hago desde la última vez que dejé el quirófano. (¿Qué día es hoy?) Sin duda lo daría todo por estar en esa camilla. Sobre el papel desechable, bajo las luces incandescentes. Quieta. Tranquila. La consciencia derretida y el cuerpo a cientos de años luz...

No, no, no. Para. Céntrate. Ya recibí el don de la avispa en su momento. Ya recibí... ese hinchazón tentador, aunque insatisfactorio. Sí, mi piel ardía y la adrenalina trabajaba horas extra. Pero creo que la avispa de acero habría sido más efectiva. Más potente. Benévola. 

Ay, si me oyeran. Casi sueno a hereje. Es curioso y desgarrador que consiga hacer a todo el mundo descansar menos a mí. Pero debo confiar. La anestesia tiene un plan para mí, estoy segura. Es solo cuestión de tiempo. Mi sueño llegará.



martes, 29 de junio de 2021

Ser un sir. AQG

 

Soy anestesista. Un buen anestesista. De los mejores diría. Soy tan bueno que si hubiera un premio al anestesista del año lo ganaría. O cómo mínimo estaría nominado. Pero no lo hay, que yo sepa. Hacen falta premios así, porque anestesiar no es sencillo y merece reconocimiento. Para ser anestesista hace falta estudiar, estudiar mucho. Es un gran esfuerzo. Yo no empecé por vocación. Tiraba más a letras, pero mi padre fue muy convincente. Y menos mal, porque este es un trabajo útil, un trabajo de verdad. Me gusta. No hay nada mejor que el silencio del hospital, la calma que refleja la luz entrando por los grandes ventanales, el olor de una bata nueva o el tacto de la aguja entrando en la piel.

Ver el trabajo bien hecho es la mejor parte. Los anestesistas inexpertos cometen fallos, a veces se les despierta un paciente en mitad de la operación. Lo he visto alguna vez. Qué vergüenza. A mí jamás. Por eso me encargo yo mismo de mezclar los fármacos. Ya estoy muy mayor como para pasarme a los métodos modernos. Pocos valoran eso hoy en día. Pero mis manías tienen raíces demasiado profundas. Antes era otra cosa. Era una profesión de prestigio. Hace no tanto digo. En el siglo XIX, podían practicarla solo los mejores científicos. Ilustres como John Snow. De hecho, la reina Victoria le nombró sir por tratarla con cloroformo durante el parto. Imagina que honor, ser un sir. Tener el respeto de todo el mundo. Si me nombraran sir anestesiaría siempre con un monóculo. Un sombrero de copa me parece excesivo. Pero un monóculo sería perfecto. Un pequeño toque de distinción. No sé si los sir llevan monóculo, pero yo lo llevaría. Redondo y perfecto sobre el ojo derecho. O el izquierdo, no sé, da igual. Sería mi pequeño sello. Mi marca personal.

Otros abren cuerpos, desatascan arterias, meten o sacan órganos, empalman pequeños conductos entre sí y cosen todo junto para que no se derrame. A mí todo eso no me interesa, parece banal. Son más fontaneros o carniceros que médicos. Espero que no se me malentienda, sé que es un trabajo necesario. Pero la anestesia requiere finura y sutileza, es un arte. Les doy el trabajo medio hecho. Les pongo el cuerpo inerte sobre la camilla que es lo más difícil. Tocar el botón de pausa de una persona. Cualquiera puede ser el carnicero del quirófano, pero anestesiar, anestesiar requiere precisión de alquimista.

La mayoría no entiende esto de la anestesia. Algunos lo llaman dormir. Me da la risa cada vez que lo oigo. Yo no duermo a nadie, no soy hipnotista. Dormir es muy diferente. Quien confunde las dos cosas es porque nunca ha estado anestesiado. Cuando duermes sueñas, te enamoras, tienes aventuras eróticas, te cabreas o te caes desde sitios altos. Nada de eso pasa con la anestesia. Cuando estás anestesiado no sientes nada, es como no estar, es como morir, pero solo por un ratito. Un ticket de ida y vuelta a la muerte. Me siento como Caronte, llevando y trayendo a gente del hades. Anestesia viene del griego, significa literalmente la negación del sentir, me lo dijo un paciente, un chico joven, estudiante de clásicas. Yo también podría haber estudiado filología, pero entonces no sería anestesista y eso sería una pérdida. Me dijo, no he sentido nada. Y es verdad, no se siente nada. Lo he probado muchas veces. Los días libres en mi casa. Solo para entender los efectos. Por pura profesionalidad. No se debe anestesiar a la gente sin saber lo que se siente, no es responsable. Freud también lo hacía. Es todo un viaje. Cuando entra en mis venas me evaporo, poco a poco, me hago uno con el aire y desaparezco. Pero la vuelta es la mejor parte. Me condenso en un cumulonimbo y lluevo sobre mí mismo. Me recompongo gota a gota. No hago locuras, lo tengo bastante controlado, pero alguna vez se me ha ido un poco la mano. Desde entonces voy con mucho más cuidado. Un descuido puede hacer que no vuelva. Si no vuelves no es un viaje, es una mudanza. Y de momento no tengo intención de mudarme.

Una mañana en la ladera del monte

 Sandra ha estado en más accidentes aéreos, pero ninguno se parece a este. 
    Como anestesista, su trabajo es buscar vida. Tiene que abrirse camino entre el olor a fuego y a carne quemada y revisar los heridos para ver quién puede ser salvado. En un siniestro como este, con el enorme corpachón del hébrido negro ensombreciendo la luz del sol ladera arriba, hay amputaciones terribles, miembros aplastados, cráneos abollados más allá de ninguna reparación. Son piezas de un engranaje destrozado. Su maletín le parece inservible, una pequeña bolsa de cuero repleta de ampollas. Para ella son pesos que la mantienen en el suelo y evitan que salga corriendo. 

    Su trabajo no es agradable, piensa mientras una llamarada sale de la nada, los últimos estertores de la bestia. Los uniformes rasgados, la peste acre a azufre, las piezas metálicas que han perdido el plateado para pasarse al negro carbón… todo conforma un escenario en el que ella no termina de entender qué puede hacer. “¿Quién debe dormir, pero quién debe dormir para volver a despertarse?”, le habían enseñado en la Escuela de Sanación de Bilbao. Ella no tiene claro que ninguno de los supervivientes quiera volver a abrir los ojos. Rememorarían la caída, las alas destrozadas, hechas jirones, el sonido del vacío presionando sus tímpanos. Ellos iban a salvar a otros y ahora necesitan ser salvados. El dragón abatido, además, es especialista en vuelos sobre el mar. En el cuartel no entendían qué había podido pasar para que terminara en la ladera de un monte. 

    Sandra no cree que pueda salvar a los heridos. Conoce el procedimiento. Acercarse a un herido, ponerle las manos en el cuello para valorar sus constantes vitales, identificarse como la dormidora oficial del Ala Norte del Ejército del Aire y suministrar la sustancia. El mundo desaparecería para el pobre desgraciado mientras se le trasladaba a un hospital de campaña. Y vuelta a empezar. A otros los dormirá para siempre. La caída habrá terminado para ellos.

    No es un trabajo agradable, pero alguien tiene que hacerlo. 

    “Vamos, Sandra, adelante”, se dice.
 
  Pero antes de dar un paso, escucha un grito de alarma. Los escudos ignífugos de sus guardaespaldas la rodean, mientras ella sigue de pie en medio de lo que parecía un accidente pero ahora descubre que es un ataque. Parece un dragón francés, un príncipe galo, ha vuelto a cobrarse su presa. Escucha los cánticos de guerra de su tripulación, entonando la Marsellesa sobre el atronar de los fusiles de asalto. Divertida, recuerda lo que leyó en la instrucción: a los príncipes galos les gusta llevarse la cabeza de los ejemplares abatidos en combate aéreo. 

domingo, 27 de junio de 2021

PODER

Propofol. Tiopental. Etomidato. 

Estas son mis armas. Con ellas ejerzo mi poder sobre las personas que caen en mis garras. Son peleles en mis manos.

Morfina. Fentanilo.

Otros anestesistas intentan relajar al paciente. Yo no. Intento que se sientan nerviosos, que frunzan el ceño, que aprieten los dientes. Cuanto más horrísona es la máscara que forma su cara antes de caer dormidos más satisfecho estoy.

Ketamina. Midazolam.

Los odio. Sus cuerpos inertes me producen repulsión. Esa relajación, esa blandura. Desnudos bajo la sábana, flojos.

Halotano. Isoflurano.

Odio el momento en que tengo que despertarlos. En que vuelven a ser conscientes. No han muerto, como merecen. Alguna vez he pensado… Pero no, no me conviene. Una negligencia profesional me la harían pagar muy cara. Nadie me comprendería.

Fentanilo, alfentanilo y remifentanilo.

Por encima de todo odio la expresión de su cara en ese momento, esa media sonrisa de felicidad. El placer de haber descansado, como si todos los problemas se hubieran acabado. Esa sensación que yo no conozco. 

Peditina. Morfina.

Han dormido. No sé lo que es eso. Por poco no me abandonan mis padres. Nadie puede soportar mucho tiempo a un bebé que no duerme más de tres horas al día, un bebé cansado, que llora continuamente. Ellos aguantaron, pero nunca me dedicaron muchas caricias. No les caía bien.

Tubocurarina. Metacurina. Doxacurio.

Cuando aprendí a estar callado mi situación cambió, ya no me miraban mis padres tan mal. Seguía sin dormir, pero por lo menos no les molestaba. Intentaron que hiciera deporte, para rendirme. Pero no valgo para eso.

Succinilcolina. Decametonio.

El insomnio deja mucho tiempo libre. El que no duermes y el que no empleas en relacionarte. Nadie quiere relacionarse con un individuo ojeroso y siniestro. Lo utilicé para sacarme la carrera de Medicina.

Galamina. Rocuronio.

Pero no quiero curar. Quiero el poder. El poder de decidir cuándo duermes, cuándo estás despierto. Tener en mis manos tu vida y tu muerte. Como un dios.

         ASEPSIA
 Me coloco el gorro. Plástico. Verde. Me afea.
Me embuto en la bata. Plástica. Verde. Me engorda.
Acumulo decenios con este ritual aséptico. 
Respiro hondo y absorbo la higiene. Me limpio por dentro. 
Pienso en el paciente con denominación de origen: cardiomegalia. Como si ese nombre rimbombante fuera a sanarlo. Con las palabras queremos edulcorar lo que nos amarga. 
Empiezo el protocolo:
1.-  Escancio unas gotas de propofol, tiopental, fentanilo, midazolam y ketamina. Lo mezclo no lo agito y consigo un cóctel tóxico legalizado. Si tuviera valor lo bebería antes de inyectarlo. Soy un cobarde.  
         2.- Combino halotano, isoflurano, sevoflurano sin que me falte el óxido nitrosoPreferiría opio, cicuta, belladonna y mandrágora. El sonido de esas palabras me colocan, pero el profesional triunfa sobre el romántico.
Entra la camilla con un bulto debajo de una sábana blanca, esterilizada. Se intuyen unos pechos diminutos, incongruentes con un corazón gulliverniano. De ahí el propósito de jibarizarlo.
3.- Le rozo el codo, punto neurálgico de la nada. Controlo mis gestos: las demostraciones de empatía, simpatía y cercanía están prohibidas en el apartado c) del artículo 238 del último Código Deontológico aprobado por la Asociación de Anestesitas y Anestesiólogos del siglo XXI. A pie de página se justifica la prohibición: "con el cumplimiento de este precepto se evitan posibles demandas por exceso de confianza con penas de entre 1 a 3 años de aislamiento social; además si el individuo objeto de displicencia muere por hipersensibilidad a la frialdad del entorno, el anestesista no asumirá ninguna responsabilidad  porque no hay negligencia profesional por su parte".
Cumplo a rajatabla el Código dentro y fuera del quirófano. A la penalización me anticipo porque vivo en aislamiento. 
  4.- Intento tranquilizar al paciente. No lo consigo. Le explico sus próximas horas. Ejerzo de pitoniso con carrera médica.
5.- Le inyecto el brebaje que se desliza por un tubo de plástico. Un torrente farmacológico para un torrente sanguíneo. Pone ojos cannabicos.
6.- Le adhiero la mascarilla transparente en la boca para  que inhale el maridaje de hipnosis, relajación y analgesia que le he preparado. Boquea. Parece un mero.
        7.- Susurro un Padre Nuestro . Soy ateo. Soy contradictorio. Amén. 
        8.- Doy gracias a Dios. No creo en él. Lo necesito.
        9.  Empiezo el ritual del cangrejo:
        Instruyo cómo reanimar al enfermo. 
        Me quito el gorro, la bata, los guantes. Mejoro.
        Me salgo de la bata. Plástica. Verde. Adelgazo.      
        Dejo un deshecho verde en la papelera inmaculada.

lunes, 21 de junio de 2021

Ciudad Corrupta

El pueblo quiere sangre. Se ha cansado de soportar a los corruptos como yo que no encajan en su esquema de sociedad. Los presentes claman por ser testigos de un dolor a la altura de sus expectativas, intentando llenar ese vacío en el pecho que han dejado mis acciones con una ejecución que estabilice la balanza. Me han escupido a los pies, amenazado con el filo de una espada y deseado que acabe yo con mi propia existencia. Dicen hacerlo en nombre de la Justicia, porque he hecho tanto daño que el orden será restablecido así. 

Ya no sé qué es más patético: mi situación o la suya. Me arrastro camino a mi fin, con cadenas rencorosas ralentizando mi paso y miradas cargantes a la espalda. Me gustaría encontrar a la Justicia entre la multitud y darle un último saludo, pero no está a la vista. Sin embargo, una neblina con sabor a vindicta se ha posado en el ambiente. Cubre la vista de los espectadores, y ellos, impacientes, me apremian a que me ponga el collar. No se darán cuenta, pero sus ojos cada vez se ven más huecos, corrosivos.

Estas son mis últimas palabras antes de la horca, así que no me molestaré en hacerlas sonar dulces: No merezco esto. He matado, he timado, he hecho todo de lo que se me acusa, e incluso más. Pero yo no soy un delito. Se han empeñado en alienarme de mi humanidad, en catalogarme como un degenerado para que encaje en su idea de que soy imperdonable. Pero igual que yo he corrompido mi papel en este mundo, ellos han corroído la esencia de la Justicia con su anhelo de Venganza. 

He llegado a la soga, y me miran expectantes. Los abogados del Diablo han quedado afónicos entre la multitud. A sus ojos soy un villano que se interpone entre la víctima y su felicidad, y lo único que ella quiere es verme caer. Soy una corrupta amenaza, y no puede permitirse dejar un engendro del Mal por purgar.


Paula

 Del Dr. Fatuo a Mr. Necio

El anuncio por palabras apenas decía: buscamos adjetivo cualificado y con experiencia demostrable, al menos dos años calificando sustantivos, para ocupar en el futuro un puesto de responsabilidad. Como requisito, la Enseñanza Secundaria Obligatoria.

El Dr. Fatuo, un reputado adjetivo, alto, culto y noble, se levantó temprano, tomó su desayuno una taza caliente de café con leche, sin azúcar y dos pastillas, una de género y otra de número como precaución. No quería tener sorpresas en la entrevista.

Cuando llegó al edificio, el Sr. Propio, un sustantivo veterano, salió a recibirlo y lo condujo la sala de oraciones. Al principio, la entrevista fue bien. El Dr. Fatuo comenzó hablando de su extensa carrera en el mundo de los sustantivos. Se había especializado en coaching y poseía una amplia experiencia como coach adjetival. Sus conocimientos habían sido determinantes para ayudar a muchos sustantivos desubicados en el tiempo y el espacio. En otros casos, había mejorado la relación con los sustantivos apoyando su pertenencia a un grupo, pero se consideraba un experto en calificar. Sentía que había llegado su momento y que necesitaba dar un giro profesional a su vida. Quería asumir nuevos retos, como por ejemplo, liderar a un grupo de sustantivos.

A medida que avanzaba la entrevista, comenzó a sentir unas ligeras molestias. Sus vocales empezaron a sudar, las consonantes se movían inquietas, parecían nerviosas e intentaba controlarlas sin éxito. En cuestión de segundos, la F y la T desaparecieron de su nombre al oír los gritos de la N y la C que corrían apresuradamente tras ellas. La A y la U aullaban mientras la E y la I amenazaban a la O. ¡Tú te quedas ahí!

El Sr. Propio no daba crédito a lo que estaba escuchando.

¡Los adjetivos son el complemento del verbo!

¡Despida a los adverbios! El adverbio de lugar está fuera de tiempo y el de tiempo está fuera de lugar.

¡Los sustantivos sin mí son impersonales! ¡Sois unos chaqueteros! Cambiáis de género y numero a vuestro antojo…

En cuestión de segundos, la vanidad se había transformado en necedad y el Sr. Propio, atónito no sabía cómo reaccionar ante el tipo que tenía ante sí. Un desconocido adjetivo de baja estatura, ignorante y modesto que le tendía la mano mientras se presentaba con una amplia sonrisa desdentada.

¡Hola! Soy Mr. Necio.

domingo, 20 de junio de 2021

Cobarde. AQG

 

Cobarde, me llamó cobarde, a la cara y luego otra vez, por teléfono. Estábamos sólo nosotros en el parque. Ellos a un lado y yo al otro, solo, como siempre. Cuando te acerques al chucho mírale a los ojos, levanta la barbilla y ponte recto. Me dijo que le esperara al salir de clase. El viento levantaba el suelo y hacía crujir las ramas de los árboles mientras él me miraba a la cara con sus ojos polvorientos. Si no te tienen miedo se envalentonan y si te muerden la has cagado. Cada día me humillaba, me robaba el almuerzo ¿qué más quería de mí? Me hizo una mueca de desprecio y apretó los puños, grandes y redondos como bolas de derribo. Los demás gritaban, le animaban. Tienes que ponerle el palo en la boca, hacerle rabiar, si no, no pelea, nadie paga por ver a un perro que no pelea. Me podía llamar lo que quisiera menos cobarde, un cobarde no viene, un cobarde se va corriendo a casa. Le sostuve la mirada, traté de mantenerme firme. Metí la mano en el bolsillo y sentí el filo tembloroso, sólo tenía que sacarla y todo habría acabado. Mírale a los ojos, que no se note que tienes miedo, los perros huelen el miedo. Mi madre no estaba en casa, mi padre me dio la navaja. Co-bar-de, volvió a decir, muy despacio, paladeando las sílabas. Los demás le coreaban, lo repetían entre risas. Así no, dame, dame el palo, que la estás jodiendo. Alguien se lo dijo a la profesora, no fui yo, eso les enrabió más. Gritaban, machácale, revienta al chivato. Les hizo caso, vino hacia mí como un animal, con pasos pesados y rotundos ¡No llores joder! Mírame, mira como lo hago yo, aprende o te harás un blando. Mi padre dijo que eran como perros, que si la sacaba se asustarían y no me volverían a molestar. Fui incapaz de hacerlo, no pude ni tan siquiera moverme ni esquivarle. El primer golpe fue el peor, me estalló un pitido en el oído, todo lo demás quedó en silencio. Así ¿ves cómo pone el rabo entre las piernas? Ya no notaba dolor, sólo las sacudidas. No dejó de golpearme cuando caí al suelo. No sé cómo lo hice, fue instinto, pensaba que me iba a matar. Mira cómo gime y esconde la cola, me tiene miedo, sabe que está vencido, que soy su dueño. Si hubieran llamado a una ambulancia quizá se hubiera salvado. Todos salieron corriendo al ver la sangre. No sé cómo pude, ni tan siquiera fui consciente de cogerla del bolsillo, sólo recuerdo sacar el cuchillo de su estómago. Toda esta rabia la sacará contra otro perro en la próxima pelea, nos jugamos las habichuelas. Se derrumbó sobre mí como un peso muerto, pero aún sentía su aliento en mi nuca. Me aplastó, no me pude mover hasta que lo levantó la policía. ¡No llores joder, es sólo un puto perro! Tienes mi sangre, no voy a dejar que te hagas un cobarde.


sábado, 19 de junio de 2021

 

FUNDIDO EN NEGRO

 

Al despertar lo vi todo negro. Pero, poco a poco, el negro nubarrón de mis pensamientos se fue disipando en mi mente, dando lugar a una creciente sensación de alivio, mientras mis ojos se acostumbraban a la luz que entraba a través de los visillos. Vi en el suelo tu cinturón negro, el mismo que te complacías en agitar contra mis costillas, cuando no era tu puño el que impactaba en mi cara, avivando la curiosidad de las vecinas, que me preguntaban en cuanto me veían "¿Cómo te has puesto ese ojo negro?". Como si no lo supieran.

 

Eso se había acabado. Había conseguido salir de ese negro hoyo en el que llevaba años hundida, desde el día en que te conocí. "Negra carne, pelo negro", parafraseando al poeta… y mucho más negra tu alma. Te encaprichaste de mí, me dejé encandilar, y entré por mi propio pie en la cárcel de los celos, de las malas palabras, las prohibiciones de quedar con mis amigas o de ir a ver a mi madre. Tus ojos negros centelleaban cuando te considerabas con derecho a levantarme la mano, para luego sumirse en la más negra amargura cuando te decía que te iba a dejar. Y yo siempre volvía. Y el círculo se estrechaba a mi alrededor, cada vez más sola, más presa, e igual de enamorada.

 

Las obras del ascensor habían empezado aquella semana. Me había fijado en dónde se guardaba la llave que desbloqueaba las puertas. Cuando esa noche empezaste a gritar agarré firmemente el cuchillo carnicero. No te lo creías, te reías de mí, me decías que estaba loca y que no me atrevería, mientras clavabas en mí tu negra mirada. Te llevé de espaldas hasta el ascensor, y pulsé el botón para abrir las puertas. Avanzaste lentamente hacia detrás, sin perdernos un momento de vista ni a mí ni al cuchillo, y sin ser consciente del negro hueco que ocupaba el lugar donde debía haber estado la cabina. Me pareció oír el sonido de un interruptor en casa de la vecina, mientras la buena mujer se retiraba discretamente de la mirilla. "Ya era hora", pensaría.

 

Me levanté por fin, y me asomé al hueco del ascensor. La luz del sol entraba por la claraboya, y me permitió ver tu cabeza ensangrentada. "Conque te estabas quedando calvo…". No pude contener la carcajada. Siempre he apreciado el humor negro.

viernes, 18 de junio de 2021

          VACÍO

Ávido de emociones salgo del garaje sin rumbo fijo, como cada sábado. De copiloto nadie. Circulo despacio porque no tengo ninguna meta que alcanzar. Mi conducción refleja la modorra anímica que llevo tatuada de origen. Llego al puente del río Seco. Me detengo porque hay un coche parado haciéndome guiños con el intermitente izquierdo. La mujer que lo conduce desciende y sin esfuerzo aparente sube al pretil, mira hacia abajo para lo que intuyo su salto final. Su cabellera dorada se levanta en paralelo a su falda, volanderas ambas. Parece una portada de Vogue. 
Intento abrir la puerta de mi coche para correr hacia ella; quiero bajar la ventanilla, gritar, decirle que pare, que vale la pena vivir, que piense en su familia, que es hermosa, que es joven, que.... Me quedo anclado en el asiento, las manos pegadas al volante, la boca abierta sin emitir sonido alguno. Soy incapaz de mentirle y eso me paraliza.
Un conductor que viene por el otro carril, frena en seco, sale de su automóvil, se dirige a la chica con una velocidad guepardiana y le dice todo lo que yo fui capaz de callar. Cree que puede evitar lo inevitable. La chica gira la cara y la visión del samaritano le produce la descarga que necesita para darse impulso y tirarse al vacío. 
Detrás de mí estaciona un coche de policía con tantas luces y sonidos que parece anunciar una feria en vez de un fallecimiento. Un agente se acerca a la barandilla del puente para confirmar que hay un cuerpo femenino destrozado en la ribera del río; el otro  empieza a golpear el cristal de mi ventanilla, me exige que la baje, que salga del vehículo; me chilla para preguntarme quién soy y qué hago en ese lugar; y en ese estado de excitación policial que tantas veces he visto en la televisión intenta hacerme responsable del suicidio de la rubia.
Ya en casa con la rutina doméstica como compañera de piso sigo vacío. Feliz he comprobado que no soy el único.

martes, 15 de junio de 2021

Revancha

 -Es el hermano de la zorra esa..


El susurro líquido le entra en el cerebro como un enjambre de avispas furiosas. El botellón desaparece a su alrededor y Marcos deja de ser consciente del entorno. Nota el frío que le cae por la nuca y se precipita de nuevo a sus recuerdos, una espiral negra y apestosa que le envuelve otra vez, como lleva haciendo desde hace dos meses con una periodicidad absurda.


“Zorra”. 


Aquella noche, Marcos llegó pronto a casa. Tenía examen el lunes y quería repasar a la mañana siguiente. “Pronto” para él eran las tres y media de la mañana, pero su hermana siempre llegaba a casa mucho antes. Tenía apenas 15 años y sus padres habían impuesto el toque de queda a medianoche. Ella había protestado y había buscado el apoyo de Marcos, pero él tampoco la había defendido. “Da gracias que te dejan hasta esa hora”, y le había cerrado la puerta de su habitación en las narices. 


Pero aquella noche temblorosa, sus padres le esperaban en el comedor. No le riñeron por llegar tarde, pero le preguntaron por Claudia. Él se encogió de hombros. Sí, habían ido a la misma discoteca (aunque él había entrado horas más tarde que ella). No, no la había visto más que a las once, su melena roja destacando entre la multitud. “Ha pasado algo”, dijo su madre. Él la llamó paranoica y se fue a la cama. 


A la mañana siguiente, Claudia no estaba en su cuarto. Sus padres habían pasado la noche en vela y habían empezado a llamar a los hospitales. A las 7 y media dieron con ella en uno sala de Urgencias. Su madre entró a despertarle con la cara desordenada, como cuando tiras dados sobre una mesa y bailan antes de sacar todo unos. 


“Zorra”. 


Marcos recuerda las siguientes horas de forma deslavazada. No sabe si la vio antes o después de que sus padres hablaran con los médicos. Sólo recuerda que cuando fue a abrazarla ella se apartó, las lágrimas colgadas de sus pestañas como acróbatas suspendidos de un trapecio que tiembla bajo los focos de la pista central. Ella no quiso contarle nada y fue su padre quien tuvo que explicarle lo que había pasado. 


“Zorra”. 


El botellón ya no importa. Sólo importa la palabra, el lanzazo al costado de su autocontrol. Mira el grupito y en ellos ve los cuatro tíos que se fueron con su hermana esa noche. Da igual que ninguno de ellos juegue al fútbol en el equipo del instituto y que ninguna de sus caras se parezca a la de quienes se llevaron a Claudia a la playa. Ellos no le habían robado la sonrisa. Pero allí estaba el juicio, unidireccional. Cruel. Violento. 


Marcos piensa en que su hermana no sale de casa. Piensa en que no se atreve a mirarle. Recuerda que le vio los moretones en la espalda un día que su madre la estaba ayudando a ducharse. Marcos recuerda que Claudia se cortó el pelo al cero, su melena rizada, porque decía que no la podía sentir limpia nunca más.


Marcos recuerda. 


“Zorra”. 


Ni siquiera se da cuenta de que se ha lanzado contra ellos. 


Son cuatro contra uno pero, esta vez, Claudia ganará. 

lunes, 14 de junio de 2021

Ya no tengo edad para vosotras

Los elefantes son los únicos animales con cuatro rodillas. Lo vi en TikTok hace unos días. Ya sé que no tengo edad para estar en TikTok, pero tampoco para tener las rodillas que tengo. Cuando en 2003 me operaron de la rodilla derecha (un año anterior me habían intervenido de la otra), me dijeron que tenía artrosis, “como si tuvieras 82 años”. Yo entonces tenía 18. Imaginaos el drama. Desde entonces las rodillas son viejas enemigas. El odio es mutuo. Yo las detesto porque tengo miedo de que vuelvan a irse de fiesta, lo que en términos médicos se llama luxación, y ellas porque no dejo de ponerles peso encima. En general, hay que reconocerlo, no son una articulación excesivamente favorecida. No hay “rodillas bonitas”. El diseño es bastante tosco, al menos visualmente: una protuberancia que sobresale del resto de la pierna, que se mueve de forma extraña, y que al menos en mi caso está atravesada por una cicatriz con 15 puntos de sutura. Además, está todo el día dormida, como efecto secundario de la anestesia. Sí, hace década y media de aquello, pero me dijeron que tardaría en irse. No me dijeron que tardaría tanto. 

Pero bueno, hay que ser magnánimo con ellas. Son feas, sí, pero funcionales. Y al final me llevan donde quiero estar, me mantiene en pie junto a personas con las que quiero enfrentarme al mundo y se acomodan en el sofá cuando me acurruco y fuera llueve aunque luzca el sol junto al mar. Aprender a gestionar la animadversión es importante, más cuando estás unido al objeto de tu resentimiento durante tanto tiempo (unas 24 horas al día, aproximadamente). Como diría aquel, estamos trabajando en ello. 

Yo no tengo cuatro rodillas, como los elefantes. Y visto todo esto, menos mal. 

domingo, 13 de junio de 2021

Corintio

La parte inferior de mi cuerpo es como un sistema arquitectónico en el que la asimetría entre mi lado izquierdo y derecho definen mi carácter dinámico e inquieto. Mi fuste atlético y musculado está compuesto por dos columnas que descansan sobre unas basas estándares, normales, sencillas en las que destacan unos delicados estilóbatos. Los capiteles dóricos, sencillos, carentes de decoración, se fijan a un arquitrabe firme, sobrio, fuerte, con dos rocas compactas por su parte trasera, definidas y respingonas que, con el devenir de los tiempos, fueron erosionándose.

Al principio todo era armonía, unidad y proporción siguiendo los preceptos clásicos de la juventud. La aparición de unas pequeñas volutas de grasa en el capitel y acanaladuras en el fuste fueron el presagio de un inminente cambio en el orden y estilo. Por aquella época, decidí encomendarme a los Dioses quienes me dijeron que buscara la solución en los cuatro elementos básicos de la naturaleza, el agua, la tierra, el aire y… que, por el momento dejara de lado el fuego, aún no estaba todo perdido y quizás el sacrificio fuera innecesario.

El agua en la era a. C. (antes de la COVID-19) y la tierra y aire d. C. ayudaron a establecer un estilo más acorde con la edad y que en cierta manera, respetaba la proporción y la armonía del conjunto. No tardó en correr la voz y los emisarios jónicos enviados a la tierra dijeron a los Dioses que corría como un niño de seis años y que nadaba como si tuviera dos pequeñas motoras por pies. En mi defensa ante el juicio divino diré que: Corro sin objetivo claro, sin tener en cuenta los kilómetros definidos, sin un tiempo controlado. No sé mi media, ni si voy a cuatro o a cinco kilómetros el minuto. No tengo marca ni récord personal y desconozco mis pulsaciones. Cuando creo que ya he corrido lo suficiente me paro. Solo sé que disfruto sintiendo el ritmo acompasado de mis pies batiendo el suelo o pisando el agua mientras mis pensamientos se desplazan por el universo de mi cabeza.

Hoy mis columnas muestran sus primeras fisuras azuladas. Mis capiteles han empezado a desprenderse pero se mantienen estables gracias a redes de colores vivos y estampados vibrantes con hojas de acanto, flores tropicales, lunares, e incluso con atrevidos animal print que ocultan lo que no se quiere enseñar. Mi cornisa está apuntalada con pantalones, faldas de tiro alto y vestidos que definen el talle y estilizan. En Corintio, mi estilo ha alcanzado todo su esplendor y madurez sin renunciar al ingenio o, incluso, a una chispita de locura.

Expresión de mis ojos

Expresión de mis ojos

 Desde  pequeña siempre supieron cuando mentía, mis ojos me delataban, la suerte que tuve es que era una niña muy buena.

¿Qué ocurre en el resto de ocasiones con la expresión de mis ojos?

Ante un momento alegre: Mis ojos y mente son libres, no tienen que actuar para controlar lo que están contando. Mis párpados se abren con asombro, buscando la mirada de los otros para compartir esa euforia. Mi iris brilla, contento de poder revelar mis sentimientos sin tapujos, sin miedo a mostrar la expresión correcta porque no hace falta, está pasando algo bueno y mis ojos lo claman. No hay nada que ocultar.

Ante un momento triste: Rodea a mis pupilas una zona que se podría comparar con un mapa lleno de carreteras  comarcales, finas, rugosas, rojas y con múltiples curvas. Mis ojos se han dado un baño de lágrimas, lágrimas que se resbalan por mis marcados pómulos y que terminan en la comisura de mis labios con sabor a mar y regusto amargo.

Ante un momento incómodo: Cuando aparece una situación embarazosa, el glóbulo ocular se seca, parpadea sin cesar, se abanica incesantemente con mis largas pestañas para calmar ese calor interno previo a la mentira,  esa apariencia que intento fingir para no provocar molestias a quienes estén conmigo en ese momento. Es la peor actuación de mis ojos.

Ante un momento feliz: Si las arrugas se ven suaves, provocadas por el sutil cierre de los párpados y acompañadas de una sonrisa dulce, es el mejor momento, la felicidad está conmigo. Mis ojos se encuentran en calma, con plenitud y serenidad, dispuestos a disfrutar del momento. Consiguen su mayor esplendor y brillo por la felicidad que les acompaña. 


Eva

Mis Orejas – Paula

Mis Orejas

A los lados de mi cabeza han crecido dos caracolas gemelas. No recuerdo cuándo decidieron instalarse aquí, pero apuesto a que se deslizaron por mi cuello en algún momento de mi desarrollo, como serpientes buscando el lugar más tranquilo de mi cuerpo donde descansar. No han vuelto a moverse desde entonces.

He de admitir que al principio las creí inofensivas. Mis orejas eran unas simples holgazanas que ni siquiera podían actuar a voluntad. No eran los fuertes brazos, siempre útiles para cualquier tarea, ni los ojos, que narraban todo lo digno de observar a mi alrededor. No, mis orejas eran inútiles, un simple adorno para mi cráneo que se limitaba a recibir la información con total pasividad y sin distinguir entre lo realmente importante.

Gran error. Para cuando descubrí su verdadera naturaleza, ya había escuchado lo que no quería oír. 
Estas caracolas eran trabajadoras a tiempo completo. Quisieran o no, procesaban todo lo que venía en su dirección como testigos involuntarios de la realidad. Por supuesto, tuve que tomar medidas. Eran portadoras de la verdad, demasiado peligrosas, y no podía dejar que escucharan lo que fuera a sus anchas. Entonces hice uso de los auriculares. Drástica medida, lo sé, pero desde ese momento las cosas fueron más tranquilas. Los cascos encajaban perfectamente en mis orejas, se había vuelto una rutina, y así, cuando no me interesaba saber más de lo que podía soportar, empezaba la música.

Shh. ¿Lo oyes? Es el sonido del rock indie sobre los murmullos del mundo real. Le leo los labios y sé que se burla de mí, de cómo censuro mi oído crítico y me evado de la realidad. Pero comienza la melodía, con el ritmo marcado del bajo. (Y una, y dos, y tres noticias que paso por alto.) ¡Escucha el sentimiento de la guitarra! (¿Pero cuántas injusticias habrán pasado por mi cara?) El cantante llega a la nota más alta, estalla toda la banda, y la sordera selectiva hace un solo rompedor. 
Ay, me encanta esta canción.

Mis pies. AQG

 

Mis pies son deformes. Tan deformes como si una mano los hubiera estrujado a propósito. No siempre fueron así, han hecho falta años y disgustos para moldearlos en lo que son ahora. Todos los pies pasan lo suyo de todos modos ¿no? No es fácil ser pie. Cuando nacemos son perfectos, prístinos, inútiles como una buena obra de arte ¿Nunca has besado y hecho cosquillas a los pies de un bebé? Luego las garras de un propósito banal, la simple necesidad del desplazamiento, los rebajan al sur. Se convierten en esclavos de las extremidades del norte, una metáfora del mapa Mercator. Los guardamos a puerta cerrada en el sótano del cuerpo, escondidos tras capas de piel falsa y algodón. Salen poco y trabajan mucho. Con los años, la presión y el roce los llena de callos y juanetes, de uñas clavadas contra la carne. Se acostumbran, no te creas, al final los pies aceptan que no son manos. Se arquean y se amoldan al corsé del zapato. Los míos eran como cualquier otro, creo. Se ajustaban a lo que en estadística se conoce como los límites de la desviación típica de una distribución gaussiana, vamos que eran normales. Luego los tiempos y los hechos han exagerado las formas, pelado los nervios y estirado los tendones. Los miro ahora con el horror de quien ve hundirse los cimientos de su casa. Se han quedado anchos y patosos, marcados por enfermedades sin nombre. Los dedos, antes móviles y sencillos, se han retorcido en una garra que lucha por mantenerse pegada a las suelas. Se han vuelto desconfiados, han llevado mala vida. No son como tus pies, sanos y esbeltos, ligeros como impulsados por resortes. Pies como los tuyos pueden al menos ser fetiche, fantasía sexual burguesa. En cambio, mis pies son toscos e irregulares. Cada uno de mis pasos es una cuestión de fe, una apuesta por la integridad de mi maltrecho sistema nervioso. Espero que aguanten muchos años. Los cuido, sé que hacen lo que pueden. Al menos son sinceros a su extraña manera. Cuentan cosas de mí que yo solo cuento a la tercera cerveza.

viernes, 11 de junio de 2021

Son cuatro.

Las parí con dolor para cumplir la maldición bíblica y aún no me lo han perdonado: de vez en cuando me martirizan con distintos grados de tormento. No hay gemelas ni mellizas. Nacieron en distintas épocas, apresuradas unas y con parsimonia  las otras. 

Son cuatro y no alcanzo a verlas, siempre húmedas cuando las toco sin erotismo alguno.

Sus formas, texturas y adherencia a la base difieren entre sí. La de la izquierda de arriba está bien formada y desarrollada por completo. Se muestra altiva, segura de sí misma, dispuesta a reinar entre todas las que la rodean; la de la derecha de abajo parece siempre incipiente e ignora que no crecerá más. Está adherida a la carne como si temiera salir al exterior. Me recuerda a los fetos que parecen vivir felices en el útero materno y no quieren abandonarlo. La de la izquierda de abajo se mantiene en un punto intermedio. No quiere destacar. Tal vez sea la más inteligente y por eso durará más que las otras en su puesto. Y la de la de la derecha de arriba es apenas un puntito que finaliza en forma de garfio y te pincha inmisericorde si la tocas. Fue la última a la que gesté y no le vino bien, está enferma de celos y de ahí su actitud. Pero hay un punto que las unifica: el interés en invadir a sus contiguas sin importar los medios empleados ni sus consecuencias. Tal vez debería aprender de ellas…

Siempre han buscado la originalidad y la independencia, como la dueña. Ellas lo han conseguido, la dueña no. 

No las he bautizado, pero vinieron al mundo con apellido: “Del Juicio”. Para mí fue un golpe bajo. Analicé el significado y entendí el mensaje: adiós a la ingenuidad, al juego, en definitiva bye bye a la infancia. Las odié por ello. Ya no. Mi dentista insiste, desde hace años, en que me desembarace de ellas. Alega que son inútiles, que buscan posicionarse a costa de sus anexas, mucho más necesarias, a las que masacran sin piedad. Yo me resisto. Sus argumentos tienen más peso científico que los míos, pero cuando pienso en estas muelas vilipendiadas por el estomatólogo me doy cuenta de que pese a sus defectos, malformaciones e instintos barriobajeros forman parte de mí, de que me han acompañado desde la niñez a la madurez y que pasarles la lengua por encima me produce un extraño placer de pertenencia a un mundo defectuoso lleno de posibilidades.

jueves, 10 de junio de 2021

 Hola! Allá voy.


MIS OJOS

Me gustan mis ojos. Son unos sencillos ojos marrones. Con el paso del tiempo han ido cargándose de atributos: miopes, astigmáticos, présbicos, a la vez que se volvían algo más pequeños y se apagaba un tanto su brillo. Son los ojos de mi familia paterna, de los abuelos que vinieron desde Granada cuando la guerra, solo con una maleta. Me gusta pensar que son parecidos a los ojos que lloraron al abandonar la Alhambra, hace más de cinco siglos.

Me gustan mis ojos porque me permiten conocer el mundo. Me han enseñado paisajes montañosos en los que la vegetación ya había desistido de crecer, y árboles que nacieron mucho antes que nosotros; ríos cuyas aguas reducen nuestra temperatura corporal a la vez que nuestras preocupaciones, y olas que lanzan su hombro contra los acantilados para abrirse espacio. Gracias a mis ojos he contemplado robustas catedrales, compañía y consuelo de los hombres, y frágiles pagodas de inquietante decoración; vanidosos palacios, rascacielos poderosos pero vulnerables, y expresiones de ego talentoso en los museos. A través de la lectura, mis ojos me han permitido acercarme a lugares que jamás conoceré en persona, a pensamientos que no son los míos, a culturas ajenas, a historias que nunca me sucederán a mí; y he podido indignarme ante las injusticias que revelan los periódicos.

Me gustan mis ojos porque definen mi manera de estar en el mundo. Me gusta levantarlos y cruzar la mirada con otros ojos, que también buscan a alguien conocido entre las personas que caminan cubiertas con sus mascarillas. Me gusta cómo miran a mis hijos, acariciándoles, tanto cuando pierden los estribos como cuando interrumpen su adolescencia para darme un abrazo o hacerme una fugaz confidencia. Y cómo son capaces de llorar con las desgracias propias y ajenas, y de iluminarse ante las buenas noticias, ante la alegría compartida, ante cualquier manifestación de belleza.


miércoles, 9 de junio de 2021

 HOLA A TODOS.

Umbral y su pelo


Mi rostro en el espejo. El pelo deshecho. El tiempo subió sus hilos a tu pelo, dice el poeta. Canas, hilvanes blancos por donde nos vamos deshilvanando, deshilachando, y se ve lo mal hechos que estábamos, lo de prisa que nos cosieron las costureras. El pelo se va, se irá, se cae, poco o mucho, pero se cae.

    Me gustaba llevarlo en melena rebelde, sobre la frente, como los héroes infantiles, cuando niño, pero la abuela me pelaba al cero, en los veranos tórridos, y se me filtraba la brisa morada de la tarde por la cabeza desnuda, dejándome aterida la imaginación. Luego lo he llevado como me ha dado la gana, peinado hacia delante, hacia atrás, enmelenado, con patillas o sin patillas, y he jugado a hacerme una peluca con el propio pelo, que es a lo que juega todo el que se hace una cabeza, eso que se llamaba antes «hacerse una cabeza», del mismo modo que los calvos juegan a hacerse un pelo propio con el peluquín. La filosofía occidental -Hegel, Marx, Descartes- es una filosofía de raya al medio, y la filosofía oriental es pelona, de cabeza rapada. Yo, que no soy filósofo, he cambiado de peinado como de sistema mental y de concepción del mundo, cuando me ha dado la gana, pero los peines salen cargados como carretas de heno, y es cuando hay que volver al dermatólogo, ponerse turbantes de espuma, como un fakir de los espejos del baño, o frotarse, locionarse, refregarse. Eso es bueno, porque el pelo se cae de todas maneras, pero se acelera el riego periférico del cerebro, y quizá también el otro, de modo que un lavado de cerebro no es una metáfora soviético-germánica, sino que efectivamente se tienen las ideas más claras o más escasas el día en que se ha lavado uno la cabeza.

    Se pierde lo rubio del pelo como se pierde lo rubio del alma, el estofado de oro con que nos decoró la vida en un principio. El pelo duda hasta quedar en un castaño mediocre, a los ojos, todo marrón corriente, que es el color de los que no vamos a llegar nunca a nada. Era mi pelo rubio trigal por donde pasaban palomas femeninas como manos, vientos de primavera, ráfagas, y hoy sólo pasan peines tristes, y el rastrillado de las ideas, que un día me alborotó la cabellera de metáforas, y que hoy me va dejando la cabeza como un campo sembrado, roturado, hasta que vuelva a ser jardín salvaje. Porque uno empieza queriéndose hacer un peinado ideológico irreprochable, y se tarda en llegar al saludable abandono de la peluquería y la jardinería. Con un jardín salvaje por cabeza es como más libre se va por la vida.

    Mas todavía me doy lacas, champúes, lociones, colonias, y así me va. El pelo era el penacho de la imaginación, y a medida que tenemos menos imaginación vamos teniendo menos pelo. La frente entra profundamente en la cabeza, como si yo pensase más que antes, aunque la verdad es que pienso menos. Todo lo que antes hacía nido en mi pelo -sueños, aves, bocas, cielos, fuegos- pasa ahora de largo, me sobrevuela, y sólo en muy raros días se siente uno la cabeza poblada, habitada, y piensa que algún pájaro raro ha hecho nido en ella con mimbres de pelo y de amor.

    Da miedo mirarse al espejo, peinarse, siquiera sea con los dedos, porque no se vaya el pájaro raro de la idea, de la cosa. Es el momento de ponerse a escribir, porque el pájaro picapinos me picotea en la prosa como yo picoteo en la máquina, el pájaro carpintero quiere construir algo, no se sabe qué, hasta que de pronto, en un cambio de folio, en un cambio de párrafo, comprende uno que el pájaro ha volado, que ya no está.

Umbral y sus manos

 

LAS MANOS

Las manos, mis manos, una mano más oscura y la otra más clara, como si yo hubiera tenido un abuelo marqués y otro metalúrgico. Las manos tienen todavía el molde de la mano cainita, la estructura de la mano asesina y depredadora del antropoide, del primer hombre, del último homínido. De modo que no hay manos inocentes. Manos blancas, que no ofenden. Quizá son las que más ofenden. Mi mano derecha está más trabajada, ha vivido más, tiene como mayor biografía. Mi mano izquierda es más femenina, más sensible, posa y vuela. Marta y María, las manos.

    No hay igualdad en la vida. La discriminación la llevamos en nosotros. Una mano es siempre más aristocrática que la otra. Y la otra mano es más laboral, más violenta, más sufrida. ¿Cómo superar eso? Hay que llegar a un mundo de ambidextros. Los obreros trabajan con las dos manos, han conseguido la paz y la reconciliación entre sus manos, que quizás es la mayor y mejor paz que el hombre puede conseguir en sí mismo. El intelectual, el burócrata, el que escribe, el que habla, tiene una mano pública, activa, laboriosa, y la otra mano -generalmente la izquierda- como muerta, amortajada de blancura, momificada, posada. Eso revela el desequilibrio de nuestra vida, el desnivel de nuestra alma.

    Las manos, en la infancia, fueron como garras que la madre, cada cierto tiempo, tenía que lavar, pulir, recortar, limar, para devolverles su calidad de manos, su humanidad. Hemos tenido épocas de cuidarnos mucho las manos y épocas de olvidarlas casi por completo. La mano se hace ladrona por sí misma, o se afemina, o se cierra con violencia. Realmente, vamos detrás de nuestra mano, que nos arrastra y quiere cumplir su destino.

    La mano ha escrito ondulantes alejandrinos, milagrosos pentagramas, pero su forma se la ha dado la violencia, la caza y el crimen. Es la mano de un primate haciendo pendolismo. La cultura no ha conformado la mano como la guerra. Nuestra mano es una herramienta y un arma. Tiene el molde de la violencia. Por eso, cuando redacta leyes, suelen salirle violentas, y cuando redacta poemas suelen salirle mentiras. Tenemos las manos sucias de sangre, las manos del hombre han matado mucho. La guerra y el crimen no son sino un volver a lavarse las manos en la sangre primera de las destrucciones prehistóricas, en la garganta caliente y roja del hermano o del carnero.

 

 

El océano escarlata

Perdido en un océano escarlata. La arcilla carmesí me abraza, me confunde. Las pinceladas parecen hechas por un niño de cuatro años, ese des...